Hijo, Cuando Estés Sin Mi…

Hijo mío, cuando te sientas muy triste y sólo y yo no pueda estar ahí contigo, quiero que recuerdes esto. Siempre que tenemos miedo, angustia y muchas ganas de llorar, con nuestra mente hacemos que todo nuestro alrededor se vea negro. Como si se inundara el espacio de obscuridad. Tú sabes que cuando un espacio lo pintas todo de negro y apagas la luz, no puedes ver nada. Te empiezas a desesperar, te sientes ciego, sordo, mudo. No alcanzas a ver a tus amigos, ni a las cosas que te rodean. Lo mismo que si te dejaran en un lugar que desconoces, solo, a media noche.

Con cada lágrima que derramas, el lugar se va haciendo más y más obscuro. Como si te estuviera brotando pintura negra de los ojos, manchando tu cara y cayendo al piso. Tantas y tantas lágrimas que forman un mar donde te ahogas. Nadie te puede ver, y tú no puedes ver a nadie. Los ojos te pesan, te empieza a doler la cabeza, y te invade un cansancio por todo el cuerpo. Eso sucede cuando tu mente deja que se escapen solo pensamientos negativos. Así nos pasa a todos.

Es entonces cuando tienes que tratar de cambiar ese momento. Lo tienes que hacer rápido, antes de que la obscuridad te paralice. En ese instante, quiero que cierres los ojos y pienses en tu color preferido. ¿Cuál es? ¿Azul? ¿Verde? ¿Morado? Escoge uno, y comienza a colorear todo el espacio en el que te encuentras de ese color maravilloso. Todo; muebles, piso, paredes, cosas, personas. No te olvides de ningún rincón, de ninguna ventana, de las ropa, árboles, pelotas, papeles, mesas. Será como si te hubieran dejado entrar a tu lugar favorito, al mundo de color. De tu color. Diviértete, sonríe, haz travesuras con tu pincel. Ese que sólo tú tienes, ese que sólo tú puedes ver.

Ahora, respira lentamente pero profundo. Ve dándote cuenta cómo ese color te tranquiliza. No trates de escuchar lo que dice la gente, ni de ver lo que hacen. No te preocupes por quién te ve o quién te ignora. Nadie puede saber lo que tú piensas. Ese es un don que tienes, muy tuyo. La mente es silenciosa. Te imagines lo que te imagines, veas lo que veas, es algo que sólo tú puedes reconocer. Date cuenta cómo ahora que este lugar ha cambiado de color, por fin puedes empezar a ver todo lo que hay en él con confianza. Ya no se siente obscuro ni triste. Hay luz, iluminación, gestos, movimientos, materiales interesantes, juegos. Es como si al fin te hubieran quitado la venda de los ojos después de mucho tiempo de tenerlos tapados.

Hijo, aprender a cambiar el color de los lugares, de los momentos, de las personas, hace que tengas control sobre cualquier situación. Tienes la capacidad de hacerlo en cualquier situación y lugar. En la noche, si tienes miedo. En la escuela, si te sientes solo. Cuando estés leyendo un libro frente a todo el salón, o a punto de meter un gol en el futbol. Es un poder que tiene tu mente y tu corazón. Una herramienta que te ayudará siempre a sacar lo mejor de cada momento. Pero acuérdate, que así como puedes pintarlo del color que te agrade en un segundo, también puedes colorearlo de negro en otro segundo. No dejes que eso pase. Sé el dueño de tu pincel. Sé el artista de tu vida. Y haz que todo y todos sean parte de tu arcoíris. Un arcoíris que, como todos, no incluye el color negro.

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Engrandeciendo A Mi Hija Y Su Síndrome De Down

 

Cómo olvidar aquella mañana de lunes, hace diez años y medio, en que el ginecólogo nos dijo “Nos apena tener que darles esta noticia, pero su bebé tiene Síndrome de Down. Están en la semana indicada para abortarlo si es lo que ustedes desean. Tómense unos días para decidirlo.” Sí, tengo que aceptar que se me paralizó el mundo. Sentí como si me hubieran dado un golpe en la cara con un palo. Lo primero que hice fue agarrarme la panza para sentir a mi bebé. Se me escurrieron las lágrimas, las fantasías, los sueños, los anhelos, la emoción. Era una noticia muy fuerte, demasiado. Pero tengo que aceptar que lo que más me molestó fueron las palabras del doctor. Esa crueldad fría que me turbó como un asalto psicológico. Como si hubieran violado mi intelecto, mi maternidad. ¿Por qué se sintió con la libertad de mencionar la palabra “aborto” sin subrayar la palabra “vida”? ¿Por qué asumió que yo querría hacer una cosa así? ¿Por qué no me preguntó como me sentía? ¿Por qué no me abrazó primero?

Claro que decidimos darle vida a mi chiquita. Pero esa decisión no se tomó ese día sino muchos meses antes, cuando nos enteramos que estábamos embarazados. Empezamos a ser padres desde ese momento. La noticia de que Brenda nacería con Síndrome de Down, sólo fue eso, una noticia desagradable. Su llegada al mundo era incuestionable para nosotros. Sin conocerla, ya era nuestra chiquita hermosa. Hoy por hoy, cuando me encuentro con gente que quiere escuchar mi “historia”, me siguen diciendo “te admiro por no haber abortado”. Respeto sus palabras, pero en mi mente siempre pienso que no es algo admirable. Lo natural es no abortar. No lo contrario.

En el momento en que Brenda nació, el doctor presente, un ser cariñoso y comprensivo, consciente de la situación que estaba viviendo, me dijo “Felicidades, acabas de dar a luz a una hermosa bebé”. Escuchar sus palabras fueron la mejor medicina. Tengo que aceptar que estaba nerviosa y preocupada. No sabía que pasaría desde ese día en adelante. Desconocía si necesitaría cuidados especiales, si sería más complicado que con sus hermanos. Pero cuando lo escuché con esa voz reconfortante y alegre, me di cuenta que estaba viviendo un momento inmensamente feliz, no agobiante. Era verdad, acababa de dar a luz a una hermosa bebé. A mí hermosa bebé. Debía dar gracias a Dios por la bendición de ser madre otra vez. Luego agregó, “No necesita nada diferente de ti excepto mucho amor y cercanía. Igual que cualquier otro bebé.” Era cierto. Mi chiquita me necesitaba a mí, eso era todo. Ahí entendí que lo que nos unía era un amor sin limites, sin cuestionamientos, sin dudas ni miedos. Entendí que ella necesitaba una mamá presente igual que mis otros hijos.

Conforme fue creciendo, me empecé a obsesionar con sus terapias. Quería darle todo para que fuera avanzando. Que no le hiciera falta nada. Hasta que llegó el momento donde se volvió angustiante, asfixiante. Querer ser una “súper mamá” era demasiado y no necesario. Entonces me di cuenta de que la terapia más importante para ella eran sus hermanos. Jugar, reír, disfrutar, sentir amor, escuchar canciones… ser parte de una familia. Entendí que las terapias, la nutrición y una estructura son muy importantes, pero lo mas importante es el amor de familia para que ella sea una niña feliz.

Hay momentos en los que tengo que recordarme a mí misma que Brenda tiene una discapacidad. Se integra tan fácil con un pequeño empujón, que pareciera que no tiene diferencias. Va a una escuela con niños que la procuran. Sí, ellos le enseñan a ella muchas cosas… pero ella también les enseña a ellos a ser personas sensibles. Los impulsa a ayudar, a tener tolerancia, y a ser mejores seres humanos. Es un mutuo acuerdo mudo entre niños que se dicen todo con sonrisas. Y es realmente encantador verla disfrutar la vida con ellos, sin sentirse diferente. Sin sentirse “especial”.

Mucha gente cree que son “niños eternos”. Incluso he escuchado a mis familiares decir eso. Pero no es así. Como con cualquier hijo, si lo tratas como niño, crece con comportamientos infantiles. Pero si lo tratas como se debe, impulsándolo para crecer y desarrollar sus habilidades, llega a ser una persona independiente, libre, responsable y apasionada. No, no siempre están felices ni viven en su propio mundo. Tienen, como todos, la gama completa de personalidades. A veces están enojados, otras contentos, asustados, traviesos, gruñones, cariñosos… La diferencia es que logran pasar de un estado de ánimo negativo a uno positivo con más facilidad. Ven la vida con más sencillez, y yo veo eso como una cualidad maravillosa. Es ella quien me ayuda a mí en momentos donde siento que se me cierra el mundo. Con una mano cariñosa y un gesto que derrite, se acerca y me dice “Mami, no te preocupes, no pasa nada”. Es cierto, uno se preocupa por tantas cosas tontas, y ella, con su inteligencia emocional, me hace darme cuenta de muchas cosas maravillosas que pasan desapercibidas.

Es verdad que mi hija tiene una discapacidad intelectual y siempre estará desfasada en comparación con un niño “típico”, pero el reto como mamá es que esa brecha no crezca. La tenemos que trabajar, todos los días. Informándonos, educándonos y también, tratándonos. Hay veces en la vida que uno se ve frente a una situación que te hace reflexionar, crecer, enfrentar tus propias limitaciones. Puede ser un accidente, un fracaso de negocio, una pérdida, o en mi caso, tener una hija con Síndrome de Down. Ella me ha hecho confrontar mis inseguridades, miedos, angustias. Es mi espejo. Y eso se lo agradezco yo a ella, no ella a mí. Porque sé que su existencia en mi vida me ha convertido en mejor persona. Una mujer más completa, más madura y más capaz.

Sé que mi labor más grande es empujarla para que logre desarrollar sus habilidades al máximo. Muchos creen que los niños con Síndrome de Down no pueden nunca ser independientes ni exitosos. Tengo miedo que ella misma a veces lo crea por las cosas que dicen mis padres, aunque sé que esos son viejos paradigmas de tiempos donde se les conocía como “retrasados mentales”, “enfermos”, “raros”. La ciencia ha avanzado mucho con los años y nos ha mostrado que son personas, igual a todas, que pueden salir adelante. Y nuestro trabajo como padres es ése. Estoy segura de que un día mi hija vivirá sola, que se podrá casar, tener su departamento, y dedicarse a lo que más la apasione. Lo sé porque está en mí que lo logre y porque muchos lo han conseguido. Y honestamente, me da mucha emoción pensar en su futuro, en verla madurar con su propio esfuerzo y dedicación.

Mi hija no tiene que agradecerme el haber escogido dejarla vivir. No tiene que agradecerme nunca lo que hago por ella. Soy su mamá y nada de lo que tiene que ver con ella me pesa. Estamos juntas en este camino dándonos luz la una a la otra. Apoyándonos para ser mejores personas ambas. Y aunque como madre siempre se siente bonito que los hijos de vez en cuando te digan “gracias mamá”, nunca quisiera que ella piense que es una carga para mí. La amo desde antes de saber que tenía discapacidad intelectual, desde que soñaba con tener una hija. Ella lo sabe porque le entrego mi cariño cada día y mi promesa de que siempre, con todo lo que sé y seguiré aprendiendo, haré lo imposible para verla salir adelante.

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Este artículo lo escribí con Katie Rodwell y Karem Robert, mamás de niños con Síndrome de Down. El objetivo fue compartir en pocos párrafos la realidad que ellas viven para así poder ayudar a otros padres. Karem forma parte de una organización llamada Familias Extraordinarias que tiene misión crear una cadena de alianza entre padres de hijos con una discapacidad que puedan intercambiar todo tipo de información sin costo alguno. Lo único que tienen que dar a cambio, son sus propias experiencias, consejos y apoyo.

Los invito a entrar a su página o escribirles un correo para contactarlos:

http://www.familiasextraordinarias.com

mailto:contacto@familiasextraordinarias.com

Historias Interesantes y Exitosos de Personas con Síndrome de Down:

– Pablo Pineda: Español con Título Universitario de Pedagogía. https://en.wikipedia.org/wiki/Pablo_Pineda

– Carlos De Saro: Mexicano escritor y conferencista. http://www.carlosdesaro.com

Para leerlo entra a: http://fernanda-familiar.com/colaboradores/debbie-chamlati/engrandeciendo-a-mi-hija-y-su-sindrome-de-down/

Gracias Por Dejarme Vivir

A mis papás también les dieron, hace unos cuantos años, esa terrible noticia que les cambió la vida para siempre. Ellos fueron una de las muchas parejas que tuvieron que tomar una decisión que marcaría de forma definitiva mi camino y el suyo. El futuro de los tres. A mis papás también les notificaron, después de interminables estudios y semanas de angustia y preocupación, “Nos apena tener que darles esta noticia, pero su bebé tiene Síndrome de Down. Están en la semana indicada para abortarlo si es lo que ustedes desean. Tómense unos días para decidirlo.”

Decidieron dejarme vivir. Decidieron, juntos, entregarse a la increíble tarea de tener una hija diferente. Hoy, 6 años después, soy una niña inmensamente feliz. Yo no me doy cuenta de que soy “discapacitada”. No me siento “discapacitada”. Ni siquiera sé qué quiere decir eso. Tengo muchas capacidades. Me encanta pintar y bailar. Lo hago muy bien. Disfruto escuchar música y puedo pasar infinitas horas leyendo libros. Me fijo en cada detalle; colores, texturas, cantidad de letras, dibujos. Hoy, me siento enormemente agradecida por haberme permitido vivir. Ser quien soy.

Tomo muchas terapias. A veces me canso del esfuerzo que hago en éstas para aprender y superarme. Pienso que quiero ser una princesa como las de las películas. Eso sí sería maravilloso. Papá siempre juega conmigo, se ve que me quiere mucho. Me canta, me lee libros, me baña, me viste guapa para él y me cuenta miles de historias increíbles. Mamá es espectacular. Siempre me da la mano, me llena de besos y me presume por todas partes. La oigo cómo con orgullo les habla a todas sus amigas de mí. La forma en que me ve, me llena de amor. La adoro.

Tengo tres hermanos, los tres más grandes que yo. Siempre me tienen mucha paciencia y tratan de enseñarme todo lo que ellos ya saben hacer. A veces, pocas, se enojan cuando les hago travesuras. No las hago con mala intención, pero me equivoco y los molesto. Pasan un rato serios, pero nunca les dura. Me siento bendecida de tenerlos cerca. Son mis mejores amigos y mis más grandes maestros. No podría imaginar una vida sin ellos, así como ellos me dicen que tampoco podrían imaginarla sin mí. “Brenda, eres una maravilla. ¡Qué suerte tener un hermana como tú!.” Me lo recuerdan todos los días.

Aunque crean que no, yo estoy consciente de que tener una hija como yo no es fácil. Sé que puedo causar angustias y que es cansado saber que aunque pasen los años, mi mente continuará igual. Que me portaré como una niña chiquita cuando ya parezca una grande. Llegará un momento en que deje de avanzar en mis terapias; todo esto lo sé porque he escuchado a mis papás decirlo. Pero nunca dejaré de hacer todo para ser feliz. He oído también que me será imposible llegar a ser una gran mujer de negocios y que tampoco podré tener una familia, hijos y esposo. Cuando mamá lo dice, se le truena la voz como si fuera a llorar. Pero todo eso a mi no me importa. Lo digo con sinceridad. No me da tristeza. Realmente para mí, la vida es más sencilla, no es tan complicada. Yo solo busco un presente espectacular. Tener cerca a los que amo y a los que me apoyan diario para salir adelante, ya es para mí hermoso.

Sé también, que nunca podré devolverles a mis padres los que ellos me llevan dando todos estos años. Mi abuela continuamente dice que algún día también ellos serán viejos y les será imposible cuidarme como lo hacen ahora; entonces tendré que pasar a depender de alguien más. Aún así, estoy segura de que me dejarán en buenas manos. Como hoy, habrán muchas personas que se unan a mí por amor. Mis hermanos, mis primas, sus esposos, sus hijos. Todos los que quiero y me quieren. Esta familia que es la mía, y que considero mi mundo, mi hogar.

Nunca podré agradecerles a mis papás, como quisiera, el haberme dejado vivir. El haberme dejado respirar, ser bebé, ser alguien. Agradecerles también, el haberse enamorado de mí desde el momento en que nací aun sabiendo que yo era una bebé diferente. Que mis ojos serían más chiquitos y alargados, y la forma de mi cara también. Me doy cuenta que soy distinta a los demás, pero me siento bonita. Me siento bien gracias al amor que ellos me dan. No tengo la capacidad ni las palabras para decirles todo esto y los abrazos nunca son suficientes para demostrárselos. Solo espero, desde el fondo de mi corazón, que sepan que el amor que les tengo es infinito. Que agradezco todo lo que hacen por mi a diario, cada hora, cada minuto. Los esfuerzos sobre humanos para sacarnos adelante a todos. Por ser los mejores padres del mundo. Por arroparnos y darnos la vida que todo niño quisiera tener. Una vida de una niña sana, de una personita plena e inmensamente feliz.

No Los Marques…

Esta foto me trastornó. De verdad, mamás y papás, no marquen a sus hijos de manera negativa para el resto de sus vidas. No los hagan sentirse incompletos, infelices e imperfectos, y llevar estas inseguridades tatuadas en su cuerpo. Ellos todo el día absorben la forma en que ustedes los ven. La manera en que se refieren a ellos cuando platican con otros de la familia. Y más que nada, la paciencia con la que les hablan. No puedo imaginarme algo más triste que traer al mundo a un hijo y ser uno mismo el que lo enferme mental y emocionalmente para siempre. “Infancia es destino”, gran frase. No la olviden.

Somos Swingers, Mi Esposa Y Yo

Verla así sobrepasa cualquier nivel de excitación. Dejarse tocar, su piel entregada a ellos mezclada con la mía, y el deseo que baila entre nuestros cuerpos. Silencio que rebota contra las paredes interrumpido por suspiros de placer. Sin miedos, sin secretos. Abiertos el uno a el otro para formar una energía plenamente sexual. Miradas cómplices de las que se desborda un discurso de agradecimiento, amor absoluto y seducción. La veo con él, con ella, conmigo. Me ve con ella, con él… Todo sucede en este espacio con cuatro personas que deciden intercambiar, sin palabras, los gritos de pieles ansiosas por explorarse.

Al principio éramos el uno para el otro. Esa típica pareja monógama que cargaba con una lista de pros y contras desde el altar hasta la cama. Nunca he amado a nadie como la amo a ella. Nunca me he perdido viendo a alguien como la veo a ella. Su olor, su mente, su cuerpo, su sonrisa… podría hacer una lista interminable de las virtudes de este ser del cual llevo profundamente enamorado muchos años. Así nos casamos, con la promesa de pertenecer el uno al otro. Como si fuéramos objetos. Como si de verdad estuviera comprando su ser, su cuerpo y su alma para que sean de mi absoluta propiedad el resto de nuestras vidas. Así… una locura total.

Entonces pasaron los años. Llegaron hijos, llegaron problemas y logros económicos, e intentamos seguir siendo los mismos. El amor siempre se mantuvo igual… no nos faltaba nada. Eso era real. Pero recuerdo claramente el día en que comentamos por primera vez la idea de invitar a alguien más a nuestro nido sexual. “¿Amor, te sigue gustando mi cuerpo?”, me preguntó sabiendo que la maternidad la había cambiado. Seguía siendo una mujer sumamente atractiva, pero evidentemente ya no era la misma. “Claro, me encantas. Si sientes que nos hace falta un cuerpo más firme… pues podemos invitar a otra mujer”, le contesté bromeando. Era eso, sólo una broma. “Pues no estaría mal la idea…”, dijo mientras nos besábamos haciendo el amor. La respuesta retumbó en mi cabeza como un eco exquisito. ¿Estaría bromeando ella también?…

Después, con calma y mente fría, retomé el tema. “¿Laura, eso que dijiste de invitar a alguien más, estabas hablando en serio?” Todo dentro de mi rogaba que la respuesta fuera asertiva, pero sabía que estaba pidiendo demasiado. Siempre había pensado que el mayor defecto que tiene la monogamia es el no poder tener relaciones sexuales extramaritales. No poder tocar, besar, sentir a otra persona por el resto de nuestro matrimonio. “Pues creo que sería una buena idea…, contestó. Nunca lo había pensado pero no suena mal. ¿Qué opinas?”. En ese momento la amé aún más. No por querer compartirme, no por querer estar íntimamente con otro hombre, sino por su confianza, su apertura, su sinceridad. Empezaría en ese instante la aventura más maravillosa de mi vida, con ella.

La primera vez que rompimos la monogamia de nuestro matrimonio fue invitando a otra mujer a tener relaciones con nosotros. Era alguien pagada que sabía que estaba ahí para satisfacernos, no para ella. Sabía que era la primera vez que compartíamos nuestra sexualidad con otro ser y eso lo hizo maravilloso. Respetó nuestros deseos y lentamente fuimos descubriéndonos. Nuestros ojos siempre empataron con un lenguaje no verbal que daba pauta a todo lo que iba sucediendo. Nos agarramos el uno al otro del alma, del corazón, del cuerpo… y entramos juntos a este nuevo estilo de vida.

Claro que tener a otra mujer era mucho más atractivo para mí que para ella. Al inicio, imaginarla con otro hombre me costó mucho trabajo. Pero poco a poco entendí que no podía impedirle sentir lo que ella me había permitido a mí. Tenía que dejarla estar con otro hombre, aunque eso me causara mentalmente mucho ruido. Fuimos entonces a nuestra primera Fiesta de Swingers. Sabíamos que íbamos a ver a otros y que ellos nos verían sin ninguna obligación de hacer nada que no quisiéramos. La regla era “No Es No”, punto. Así empezamos, ella y yo solos… pero el ambiente fue demasiado atractivo para ignorarlo. El lento roce con otros cuerpos nos invitó a abrirnos y soltarnos. De pronto estábamos sumergidos entre múltiples vibras pasionales que se mezclaban prestando sus pieles en busca de explotar el deseo sexual que traíamos dentro. Decir que fue fascinante es definitivamente poco. Llegar a casa, tomados de la mano, habiendo vivido la misma experiencia, abiertos, seguros y felices… fue inexplicable.

A partir de ahí inició nuestra vida como Swingers. Mucho crecimiento personal fue requerido para aceptarlo y gozarlo plenamente. Siempre habíamos crecido creyendo que habían tres tipos de personas: Monógamo, Soltero o Infiel. Nosotros ya no éramos ninguna de esas… Éramos una cuarta que unía todo lo mejor de las otras tres. Somos eso. Disfrutamos de tenernos el uno al otro y de amarnos plenamente. De formar una pareja con dos hijos y una familia estable y unida. Pero también somos seres independientes y vanidosos que siempre deseamos vernos y sentirnos bien para que otras parejas nos deseen. Como el soltero que se sigue cuidando para gustarle a las mujeres o a los hombres. Así, pero casados. Espectacular. Mi mujer cada día se ve mejor. Sé que es sumamente atractiva, no sólo para mi sino también para los demás. Y la mejor parte es que no somos infieles aunque gozamos de disfrutar de otras personas sexualmente hablando. No nos ocultamos nada y aun así vivimos la magia y adrenalina que busca un infiel. ¿Qué más puede pedir una pareja?

La probabilidad de que tu esposa se vaya con alguien más en una relación monógama o abierta, es la misma. La diferencia es que en una relación abierta, siempre regresa a ti por amor, no por miedo. ¿Por qué? Porque tuviste la confianza plena para soltarla y que esté contigo sin obligación, solo por amor. Porque nadie la ve como la ves tú. Nadie la ama ni la impulsa como lo haces tú. Porque no la tratas como tu pertenencia, ni como tu posesión. Respetas su libertad como ser humano. La luz que lleva dentro para dar y recibir sin prejuicios. Eso hace que tu pareja quiera estar contigo. Quiera compartir todo sobre su vida. Sus fantasías, sus miedos, sus deseos…

Hay tres reglas muy importantes para que el ser Swingers funcione. La primera, nunca tener miedo a decir lo que piensas. Poder hablar de todo sin terror a ofender al otro. Hablar de lo que te gusta y disgusta. Si tienes ganas de invitar a alguien o si prefieres no. Todo se vale. No hay juicios ni deben haber ofensas. Segunda, mucha comunicación. Nada de secretos ni mentiras. En el momento en que se empiezan a hacer cosas a escondidas, todo truena. Cualquier deseo que tenga uno de los dos, lo debe comunicar antes de realizarlo. Puede haber un “no” como respuesta, pero también un “sí”. Una relación abierta tiene que ser muy respetuosa. En el momento en el que invitas al miedo y matas la comunicación, entonces te conviertes en una típica pareja monógama asfixiante y encarcelada. La tercera y última, si hace falta una nueva regla, se propone y se deja claro. Así se evita cualquier conflicto.

En la vida no existe lo bueno y lo malo, existe la consciencia y la inconsciencia. Cuando se hacen las cosas con consciencia, estas alerta y en paz con tus decisiones. Buscas lo mejor para ustedes, no para el modelo social de pareja. No para lo que piensa tu mamá, papá, amigos, abuelos… Nosotros, mi esposa y yo, aprendimos que se vale desear a otras personas. No solo se vale, es normal y totalmente natural. Pero lo que está prohibido es mantener en silencio esos deseos. El verdadero amor viene cuando se permite ser y dejar ser. Cuando te da felicidad la felicidad del otro.

Yo sé que mi experiencia y mi forma de vivir es todavía un tabú. Sé que no muchos comparten mi forma de actuar por el “qué dirán” y piensan que mis ideas son enfermas y hasta perversas, aunque en el fondo la infidelidad los seduce. Obviamente se han sentido atraídos por otras mujeres pero no lo expresan abiertamente en su matrimonio. Sé que algunos quisieran vivir como yo, sin embargo se esconden detrás de los muros de prejuicios y miedos. “¿Y si pierdo a mi pareja?” “¿Y si hablan mal de mí?” “¿Y si a ella le gusta más él que yo?”. Hemos aprendido a vivir pensando de una sola forma, y salir de ahí cuesta mucho trabajo. Aunque tu mente y tu cuerpo te pidan a gritos un cambio, muy pocos escuchan. Por celos, machismos, predisposiciones, educación y mucho más. Hoy como hombre y esposo, comparto mi historia, no para convencerlos, sino simplemente para que sepan que existe un mundo diferente. No para los que buscan salvar su relación ni encontrar una salida fácil. Comparto esto para crear consciencia de los tipos de relaciones que llevamos. De todo lo que vivimos y dejamos de vivir. Me declaro totalmente enamorado de mi mujer y agradecido con la vida.

Esa Lenta Muerte Que Te Llevó

El día en que dejaste de bailar supe que te estaba perdiendo… poco a poco. Ese día me di cuenta que yo ya era una jovencita, y tú un viejo. Que la edad nos había llevado hasta ese momento en el que nos enfrentaba con el final de algo que no contemplábamos que terminaría tan pronto. Así es como uno da por hecho lo que vive día a día pensando que durará para siempre. Ya no podría festejar contigo en todas esas fiestas donde me invitabas a ser tu pareja de pista. Se esfumaron aquellos locos momentos de volteretas y giros inesperados en manos de un experto de la salsa. El día que dejaste de bailar supe que ya no sería lo mismo.

El día en que dejaste de caminar entendí que se habían terminado las aventuras, las visitas semanales y los paseos por helados. Tu sonrisa era la misma, tu carisma también, pero tus piernas traicionaban tu deseo de controlar el tiempo. Los estragos que dejaron los excesos. ¿Cuáles?, me preguntaba; no lo sé. Así pasa que a uno, de pequeño, no le toca saber tanto. Vivir la infancia es absorber la belleza de lo que te rodea filtrando todo para que no te afecte lo afectable. Qué dolor reconocer que ya no manejarías ni podrías recogerme en mis clases, que ya no serías independiente como siempre lo fuiste. El día en que dejaste de caminar supe que ya no serías el mismo.

El día en que dejaste de hablar me inundé de un llanto sin consuelo. Yo ya manejaba, ya era incluso mamá. Recuerdo haberme estacionado afuera de mi casa más de 40 minutos a llorar, a rememorar todo lo que nos decíamos. “Tú eres mi favorita”, repetías con un abrazo. Cada uno de esos pequeños diálogos se me atoraban en la garganta, en el pecho, en el corazón. Mientras, pasaban los años y te seguía perdiendo. Ahora nunca más podría escuchar mi apodo salir de tu boca. Tus consejos arropadores que le daban una especie de ternura traviesa a la vida cotidiana. Mi hijo no podría oír de tu propia voz lo mucho que lo amas… ¡qué infinito dolor! El día en que dejaste de hablar supe que ya no seríamos los mismos, tú y yo.

El día en que dejaste de moverte, aquel horroroso día en que tu cerebro fue atacado por un infarto fatal… ese día se murió algo dentro de mí. Verte acostado en una cama de hospital, dependiente y totalmente discapacitado. Tratando de ser tu mismo sin la mínima capacidad de expresarte. Intenté comunicarme contigo pidiéndote que hicieras pequeños esfuerzos con tus manos. “Si me escuchas apriétame”, “Si te duele algo, apriétame dos veces”. No se movían ni tu dedos, ni tus rodillas, tu pecho, tu brazo, cabeza… nada. Te había consumido una parálisis estúpida y cruel. El día que dejaste de moverte, ese día ya no me quedaba nada más que la fantasía de ser para ti la alegría y seguridad que tu fuiste para mi toda mi vida.

El día en que dejaste de comer, no restaba más que sentarme ahí, a tu lado, a esperar que Dios decidiera arrancarte de nosotros. Recuerdo la mano de mi hijo tomada de la tuya. Su piel lisa y suave mezclada con la tuya, rugosa y manchada por la vejez. Nadie quería perderte, nadie quería que te fueras a ese lugar que no tiene regreso. Te platicaba, te abrazaba, te suspiraba en el oído… “No tengas miedo, vas a estar bien. Vamos a estar bien nosotros también. Te amo.” ¿Me habrás escuchado? Tus ojos parecían a veces llenarse de lágrimas. ¿Estabas aterrado?, ¿frustrado?, ¿triste? Imposible hacer más que dejar que las horas pasaran. Que nuestra compañía fuera suficiente para tranquilizarte dentro de ese cuerpo casi muerto pero latente. Que tu compañía, todavía viva, nos diera un poco de consuelo al verte así. El día que dejaste de comer supe que ya te ibas para siempre.

El día en que suspiraste por última vez y te cerré los ojos, perdí a uno de los amores más grandes de mi vida. Ya no había nada más que hacer. Ni las terapias, medicinas, doctores, visitas, canciones, comidas especiales, enfermeros… nada. Contigo se fue una parte enorme de cada etapa de mi vida. Se fueron mis idas a los helados de la esquina de la casa. Se fueron las interminables veces que me subía a los cochecitos de moneditas mientras sonreías al ver mi alegría. Tus clases de manejo, las miles de veces que me recogiste en la escuela, las comidas en la casa, los cariñosos abrazos, los viajes a Acapulco, espectaculares regalos y las llamadas eternas por teléfono. Contigo se fue cada clase de baile que me diste. Las veces que me dijiste “estás preciosa”. Hoy, sólo pienso, ¿cómo no te aproveché más? Lo que daría por bailar contigo una sola canción más. Que me dieras vueltas, contagiándome tu excelente ritmo. Tu vibra. Tu alegría. El día que suspiraste por última vez perdí a mi mejor amigo, mi confidente, mi acompañante, mi maestro y mi protector.

A veces en las noches, seguido, me visitas. Sé que lo haces porque apareces y me permites abrazarte. “Pensé que nunca te volvería a ver…, te amo, abuelo.” Siempre me contestas, “yo también te amo a ti, Bebina, eres mi nieta preferida.” Te extraño, y siempre te extrañaré.

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Mi Hijo Princesa

Todo empezó un viernes, después de ver la película Frozen por quinta vez, cuando mi hijo de 2 años y medio volteó y me dijo: “Mamá, quiero el vestido de Ana”. Supuse que estaba confundido. “Mi amor, tú quieres el traje de Kristoff, no el vestido.” Enojado contestó en su imperfecto español “no mamá, quiero el de la princesa Ana de Frozen.” Al instante y sin titubear caí en la típica respuesta, “No se puede, tú eres hombre, Jorgito, los vestidos de princesas son para las mujeres”.

Los días pasaban y la petición era la misma. Aumentaba la frustración cada vez que veía una niña disfrazada de princesa y admiraba el vestido como si fuera mágico. Volteaba a verme en seguida con su cabecita estirada hacia arriba y suplicaba, “¿Cuándo me vas a comprar el mío?”. Ninguna explicación era suficiente para hacerlo entender que la sociedad no acepta niños vestidos de niñas. Ya no habían excusas para que seguir ignorando su deseo. Mi niño me pedía a gritos que lo escuchara.

Ante tanta insistencia tuve que aceptar que a mi hijo le gusta disfrazarse de princesa. ¿Está bien?, me pregunto, no lo sé, no tengo la menor idea. Claro que ni mi esposo ni yo no esperábamos esto, pensamos que siempre iría tras Mickey Mouse, los Súper Héroes, Coches y Luchadores. Pero no, a él le gusta Frozen, Sofía, y las múltiples bellezas de Disney que ofrecen un mundo de alternativas en vestidos y accesorios espectaculares. Finalmente, como mamá me vi frente a dos opciones, aceptar a mi hijo o frustrarlo y alejarlo. Decidí aceptarlo.

A los tres años hay muchas cosas que no quedan claras en la vida de un niño. Pero esa es la delicia de la infancia. Los sexos están inconclusos en sus mentes. No ven el rosa para la niña ni el azul para el niño. Ven la ropa como ropa, sin definir todo un estilo de vida. Definitivamente, una de las sonrisas más grandes y deliciosas que he visto en su cara es la que le surgió el día que le compré su primer vestido. Se lo puse en la calle, afuera de la tienda, porque su emoción ya no aguantaba esperar a llegar a la casa. “Mami, ya pónmelo, porfis. Wowww, ya tengo mi vestido. Soy Frozen”. Estaba realizado, impactado, agradecido, extasiado. Era un niño feliz. Yo había hecho a mi hijo, inmensamente feliz.

En ese momento me di cuenta que su felicidad me estaba provocando A MÍ, una felicidad mayor a la que algún día me imaginé sentir. Y ese sentimiento fue un susurro en mi oreja que decía claramente “hiciste lo correcto”. A partir de ese instante nació entre él y yo una complicidad inmensa. Su mente no sabía descifrar lo que sentía, pero inconscientemente habían mensajes revolucionados diciendo “mamá me acepta”, “mamá me quiere”, “mamá me hace feliz”.

¿Qué dirá la gente si lo ve vestido así? No sé. Claro que a muchos les irritará. Algunos se burlarán de un niño de 3 años y criticarán a esta mamá “loca”, “desconsiderada”. Pero desde el momento en que me uní a él en este proyecto de respeto a su forma de ser, a su personalidad, quedé blindada frente a todos esos pensamientos y miradas. Algo dentro de mi maduró y se convirtió en un escudo para mi hijo. Yo no sé si el mundo lo acepte o no, yo siempre lo apoyaré en ser quien él quiera ser. En expresarse como él quiera hacerlo.

A veces me imagino todo lo que pasaría si yo lo reprimiera. Lo mucho que se alejaría de mí desde esta pequeñísima edad. Lo claro que le quedaría que su mamá no lo acepta. Que no está de acuerdo con él, con el hijo que ella trajo al mundo. Se sentiría solo, incomprendido y muy enojado. No porque no tenga una buena vida. No porque le falte comida o educación. Nada de eso. Se sentiría frustrado porque su mamá no lo deja vivir libremente. Porque su mamá no lo quiere.

Que si va a ser gay, no lo sé. Pero tengo muy claro que sea lo que sea, heterosexual, bisexual o homosexual, no será por la ropa que escoja ponerse hoy. No tendrá nada que ver con las princesas que mezcla con sus bloques de construcción tratando de formar castillos enormes y divertidos. Sé que yo no estoy involucrada en el futuro de la carretera sexual de mi hijo. Eso viene de nacimiento y lo irá descubriendo conforme crezca. Conforme su cuerpo madure en todos los sentidos. Lo irá descubriendo él solo, y me lo irá compartiendo en el camino.

Definitivamente, si mi hijo mañana termina siendo homosexual, siempre tendrá a su madre cerca. Yo no di a luz a un hijo para que sea lo que yo quiero que sea. Esta persona que creció en mi vientre fue creado con amor desde el día uno de su concepción. Esta persona es libre. Y dentro de esa libertad, siempre tendrá a su mamá caminando junto a él para apoyarlo, levantarlo si se cae, ayudarlo si lo necesita. Nunca, por ninguna decisión que tomara en la vida, lo dejaría solo. Ni por religión, carrera, orientación sexual, pareja o lo que sea.

Hace un año que se puso ese vestido turquesa y brilloso por primera vez… Esa vez que sonrió con la cara llena de diamantina, me abrazó tan fuerte que sentí sus bracitos tocar mi corazón, y me dijo “gracias mami”. Se me salió una lágrima. Una o dos, no recuerdo bien. ¿Por qué? Porque sabía que a partir de ese día, si por alguna terrible razón de la vida, Dios decidiera quitarme a mi chiquito, yo estaría satisfecha de haber hecho TODO para verlo inmensamente feliz. Me sentiría completa de haberle dado una infancia llena de alegría, magia, fantasía, atención, vibración y mucho amor. Una corta vida de fiesta. ¿Quién no quisiera darle a sus hijos algo así? ¿Qué no es ésa la verdadera definición de ser mamá?

—— * Fotografía cortesía del pequeño Romeo Clarke.

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Estoy Cansado De Ser Papá

Yo también me siento abrumado, agotado. Te escucho siempre quejarte del tiempo que le inviertes a los niños. Decir que estás cansada de ser mamá. Trato de entenderlo. Contesto con enunciados que pienso pueden confortarte. Pero nunca es suficiente. Piensas que no te estoy escuchando. Que no tengo idea por lo que tu pasas en el día. Y es que sí, efectivamente estar atrás de los niños todo el tiempo, organizarlos, controlarlos, entenderlos, no es fácil. Lo sé, porque lo he vivido y acabo fulminado. Pero, mientras tu piensas que no sé lo que es ser mamá, yo pienso… ¿alguna vez te haz preguntado lo que es ser papá?

El nivel de vida que queremos tener, no es fácil de lograrlo. Nadie me regala un centavo de lo que gastamos. Y claro que a veces estoy poseído por mi trabajo. Claro que a veces el celular me consume horas. Por supuesto que no siempre estoy resolviendo asuntos de negocios, pero la mayoría del tiempo sí. Cada vez que lo agarro, veo tus ojos fulminantes avisando que estoy haciendo algo prohibido. Sí, sé que debo aprovechar a mis hijos cuando estoy con ellos. Sé que debo dejar a un lado todo lo del trabajo y dedicarme a la familia, pero no siempre se puede.

En mi mente todo el tiempo brincan números, preocupaciones, propuestas, ideas, resultados… No estoy obsesionado con ser un millonario, como dices. Estoy obsesionado con sacar adelante el negocio que nos da de comer. Que paga las colegiaturas, los restaurantes, la ropa, los regalos, los viajes, la gasolina, luz, uniformes, celulares, el mantenimiento, ayudantes, clases extracurriculares, etc. Dudo que seguido te pongas a pensar a cuánto se elevan nuestros gastos. Dudo que sepas que si yo dejo de trabajar como lo hago, en poco tiempo, nos moriríamos de hambre.

Yo también estoy cansado de ser papá. De tus reproches. De que me hagas sentir “el peor padre del mundo”. De que me repitas que otros esposos son más considerados, más atentos. Porque realmente lo dudo. Hay muchos que no pasan nada de tiempo con sus hijos. No llegan a bañarlos o dormirlos, ni los llevan a la escuela. Yo también quisiera que las cosas fueran como antes. Que me recibieras con un abrazo y un beso real. Que me llamaras en el día para preguntar como estoy, y que si no puedo contestar, entendieras que estoy ocupado y no es falta de amor. Que estuvieras atenta a mis preocupaciones, a mi cansancio. Yo también me agoto de ser el que mantiene la casa. El hombre del hogar. Pero nunca me quejo. Nunca.

A veces, cuando llego arrastrado a la casa, lo único que quiero es aventarme en el sillón, ver la tele, y relajarme. Pero en cuanto entro y los saludo, escucho “Ándale, báñalo… ya tiene que irse a dormir. Y tiene que hacer tarea. Que se tome su medicina. Deja el celular por favor, ponme atención. Párate del sillón, deja el trabajo, ayúdame con los niños.” Claro que me fascinan mis hijos. Claro que quiero estar con ellos, pero, no siempre quiero ayudar a hacer los labores de la casa. A veces me gustaría poder llegar a un lugar tranquilo, en paz, dónde me dejen descansar después de un día extremadamente pesado en la oficina. Después de un día entero de hacer mis labores.

Las noches en las que los niños no duermen, yo tampoco descanso. Me paro con contigo a atenderlos, calmarlos y volverlos a dormir. A veces puede ser una vez, otras cuatro o cinco. Noches enteras que pasamos en vela los dos. Y al siguiente día, temprano, me tengo que parar e ir a trabajar vestido de traje y corbata. No hay escusas ni pretextos para llegar tarde. Empiezo el día como puedo, aunque me sienta igual de tronado que tú. Atiendo una cita tras otra sin tiempo de descanso ni de siestas. Con unas enormes ganas de regresar a mi cama, de dormir un poco más. Pero no puedo, y me aguanto.

Muchas noches tengo pesadillas en dónde sueño que lo pierdo todo. Dónde incluso te pierdo a ti. Despierto sudando, aterrado… y después me doy cuenta que no quiero seguir así. No quiero más peleas, discusiones, falta de comunicación, seriedad. Quiero poder hacer el amor como lo hacíamos antes, con frecuencia y pasión. Quiero, también, que te sientas orgulloso de mi. Que de vez en cuando me digas “te admiro, mi amor”, “entiendo que debes estar muy agotado”, “no te preocupes por llegar tarde, te apoyo”, “gracias por todo”.

Sabes, a mi tampoco me gusta quedarme hasta la madrugada trabajando. Yo quisiera, como tu, estar en la casa. Me encantaría poder llegar a la hora que me pides que llegue y acostarnos a ver películas juntos. Necesito que entiendas eso. Sí, me la paso bien en mi trabajo. Me gusta lo que hago y mis cenas a veces son divertidas, interesantes… pero nada como estar con ustedes. Y si estoy invirtiendo tiempo en esas personas, es por querer salir adelante. Porque tengo que ser ese también, el que trabaja. No sólo puedo ser papá y esposo amoroso. También tengo que ser el que trae el dinero a la casa para que tengan todo lo que necesitan. Para que nunca les falte nada.

Te suplico, nunca les hagas sentir a los niños que no estoy con ellos lo suficiente porque no quiero. Te pido que les hagas saber siempre que su papá los ama. Que trabajo para ellos y para ti. Para ser felices juntos. Que si me distraigo, no es porque no me interesan. Que a veces también necesito desconectarme haciendo tonterías, pero no por ser un desconsiderado, sino porque mi mente está saturada. Porque yo también me quiero reír. Disfrutar de ratos de paz, sin presiones ni angustias. Sin sentirme “el que mantiene a la familia”.

Entonces te pido, mi amor, que me valores más. En las buenas y en las malas, como me prometiste. Que me veas, la mayoría del tiempo, con una cara de alegría. Esa cara que me pones cuando los llevo de viaje, o te compro algún regalito. Por favor no lo dejes sólo para esos momentos. No dejes de quererme siempre. De besarme, apapacharme. Yo soy grande, claro. Yo soy el papá, el mayor de la casa, peor aun así, necesito el mismo cariño que necesitas tu. El mismo que les das a nuestros hijos. El amor que prometiste darme eternamente el día que nos enamoramos. Eso necesito yo también, siempre. Porque aunque nunca te lo digo, yo también a veces, me canso de ser papá.

 

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Yo Tengo Dos Papás Gays

Claro que los quiero. Los amo. Son mis papás. No podría decir que quisiera que las cosas fueran diferentes, porque no es así. Al revés, no quisiera que nada en mi vida fuera diferente. Soy totalmente feliz. No me falta nada, ni siquiera esa “mamá” por la que todos me preguntan. Tengo dos papás, y para mí, eso es más que suficiente. Para mí, eso es todo.

Aun así, tengo que ser honesto; a veces tengo sentimientos que no sé dónde ni cómo acomodar. A veces, me siento diferente a todos y no sé si eso es bueno o malo. Me siento atacado, burlado, criticado. Pareciera que vivo en un planeta diferente al de todos mis amigos. Yo no me siento raro, pero ellos dicen que lo soy. No por mi físico ni por mi forma de ser, sino por ellos, por mis papás gays.

En mi salón soy el único que no vive con una mamá. Cuándo los niños me preguntan “¿pero entonces de quién naciste?”, no sé que decirles. Me han dicho que nací de una mujer, pero que no es mi mamá. Me han explicado que soy hijo de ellos, que hay muchos diferentes tipos de familia, y que la nuestra está armada por dos padres hombres y un hijo. Lo entiendo perfecto porque así he vivido toda mi vida, pero mis amigos no.

Un día, un niño mucho más grande que yo, me dijo frente a todos y en tono de burla “¿…y cuando tus papás tienen relaciones, quién es la mujer?”. No supe qué contestarle porque no sé que es “tener relaciones”. Todos se rieron, al parecer ellos sí entendían. A mis siete años, hay muchas cosas que quedan intermitentes en mi mente. Esta es una de ellas. Llegando a la casa, les pregunté a mis papás qué quería decir eso que me dijeron. Los vi voltearse a ver el uno al otro, entre preocupados y asustados. Después de unos minutos, entre titubeos, me dijeron, “Mi amor, con el tiempo vas a entender que hay muchas formas de relacionarse entre la gente. Hay mujeres que les gusta tener de pareja a un hombre. Hay otras que prefieren una mujer. Con los hombres es igual, algunos prefieren una mujer como pareja y otros un hombre. Nosotros somos dos hombres que nos amamos. Y más que eso, nosotros te adoramos a ti. Eso es todo lo que importa.”

Pues parecía que todo quedaba claro, pero seguían habiendo dudas. Nunca he sentido que me falta amor. Nunca he sentido soledad en la casa. Solamente me siento, muy seguido, fuera de lugar. A veces con pena de pensar que si digo lo que pienso, si platico cómo es mi vida en familia, la gente se puede burlar. No me siento seguro de mi mismo. De mis sentimientos. Tengo miedo de perder amigos por venir de los padres que vengo. Por el otro lado siento culpa con ellos. Esas dos personas que me han dado todo en la vida. A veces inclusive, me porto grosero con ellos como para reclamarles todas estas dudas. Toda esta incertidumbre.

El otro día me preguntó una amiga “¿Y tu vas a ser gay también?”. Como siempre, no supe qué contestar. Cada vez aparecen estos cuestionamientos como burbujas de pescados que me rodean todo el tiempo. Yo supongo que no, que no tiene nada que ver. Supongo que si me gustan en el futuro hombres o mujeres, no depende de mis papás. Hoy me gusta jugar con mis amigos y a veces con amigas, pero no quiero casarme ni tener hijos con ninguno. Hay cosas que prefiero no investigar. No porque me de miedo la respuesta, sino porque muchas veces no entiendo ni la misma pregunta. ¿Qué tendría de malo que yo también fuera gay? Yo quiero ser como mis papás, porque los admiro y los quiero. No veo nada malo en ellos. Nada. Pero a veces creo, por las preguntas que me hacen, que los demás sí.

Estando en el patio hace unos días, un grupo de niños se acercaron y me acorralaron. “Venimos a ver si eres niña o niño”, decían envueltos en carcajadas. No entendí que pensaban hacer. Con trabajos entendí lo que decían. Eran todos más grandes y más fuertes que yo. De pronto sentí que me bajaban los pantalones. No tenía brazos libres para agarrármelos. No me quedó de otra que dejar que sucediera. Que me dejaran desnudo para contestar su pregunta. “Soy niñoooo”, yo gritaba. Pero no servía de nada. Entre sus risas, se fueron separando, alejando. “Es niño, sí es niño. Confirmado”. Se iban gritándolo como si fuera un premio. Tenía el corazón acelerado, y muchas ganas de llorar. Muchas. Pero un niño no llora, tal vez. Ya no sabía qué hacer. Me subí rápido los pantalones y me dejé caer al piso. Sentadito, solo. Muy solo.

Cuando estamos con los amigos de mis papás, me siento increíblemente tranquilo. Tengo muchos amigos que son hijos de dos mamás o dos papás, igual que yo. Entre nosotros, eso no es un tema importante. No nos burlamos el uno del otro ni nos hacemos preguntas raras. Solo somos niños. Jugamos, nos divertimos, nos abrazamos, nos reímos… Somos felices. ¿Por qué no puede ser así de fácil en todas partes? ¿Por qué en la escuela no me divierto tanto con mis amigos?

En mi mundo infantil, empiezo a imaginar un planeta diferente. Escuelas dónde los niños nos entendiéramos y respetáramos. Nos viéramos transparentes y no por colores, preferencias, cortes de pelo, alturas, idiomas… Que no nos criticáramos por la forma en la que nos educan en la casa. Un lugar dónde no importara si tienes dos papás o mamás. Libertad para ser uno mismo sin miedo. Porque yo soy muy feliz en mi casa. Soy muy feliz en el mundo que me han creado mis dos papás. Soy infinitamente alegre cuando estoy con ellos y me siento completo. El problema es, definitivamente, esta sociedad que no nos entiende. Esta sociedad que quiere seguir burlándose de lo natural. Del amor. Porque eso es, amor. Mis papás se aman. Yo los amo. ¿Qué puede tener de malo eso? Necesito que alguien me explique. ¿Qué tiene de malo el amor? ¿Qué tiene de malo que mis papás sean gays?

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