Esa Lenta Muerte Que Te Llevó

El día en que dejaste de bailar supe que te estaba perdiendo… poco a poco. Ese día me di cuenta que yo ya era una jovencita, y tú un viejo. Que la edad nos había llevado hasta ese momento en el que nos enfrentaba con el final de algo que no contemplábamos que terminaría tan pronto. Así es como uno da por hecho lo que vive día a día pensando que durará para siempre. Ya no podría festejar contigo en todas esas fiestas donde me invitabas a ser tu pareja de pista. Se esfumaron aquellos locos momentos de volteretas y giros inesperados en manos de un experto de la salsa. El día que dejaste de bailar supe que ya no sería lo mismo.

El día en que dejaste de caminar entendí que se habían terminado las aventuras, las visitas semanales y los paseos por helados. Tu sonrisa era la misma, tu carisma también, pero tus piernas traicionaban tu deseo de controlar el tiempo. Los estragos que dejaron los excesos. ¿Cuáles?, me preguntaba; no lo sé. Así pasa que a uno, de pequeño, no le toca saber tanto. Vivir la infancia es absorber la belleza de lo que te rodea filtrando todo para que no te afecte lo afectable. Qué dolor reconocer que ya no manejarías ni podrías recogerme en mis clases, que ya no serías independiente como siempre lo fuiste. El día en que dejaste de caminar supe que ya no serías el mismo.

El día en que dejaste de hablar me inundé de un llanto sin consuelo. Yo ya manejaba, ya era incluso mamá. Recuerdo haberme estacionado afuera de mi casa más de 40 minutos a llorar, a rememorar todo lo que nos decíamos. “Tú eres mi favorita”, repetías con un abrazo. Cada uno de esos pequeños diálogos se me atoraban en la garganta, en el pecho, en el corazón. Mientras, pasaban los años y te seguía perdiendo. Ahora nunca más podría escuchar mi apodo salir de tu boca. Tus consejos arropadores que le daban una especie de ternura traviesa a la vida cotidiana. Mi hijo no podría oír de tu propia voz lo mucho que lo amas… ¡qué infinito dolor! El día en que dejaste de hablar supe que ya no seríamos los mismos, tú y yo.

El día en que dejaste de moverte, aquel horroroso día en que tu cerebro fue atacado por un infarto fatal… ese día se murió algo dentro de mí. Verte acostado en una cama de hospital, dependiente y totalmente discapacitado. Tratando de ser tu mismo sin la mínima capacidad de expresarte. Intenté comunicarme contigo pidiéndote que hicieras pequeños esfuerzos con tus manos. “Si me escuchas apriétame”, “Si te duele algo, apriétame dos veces”. No se movían ni tu dedos, ni tus rodillas, tu pecho, tu brazo, cabeza… nada. Te había consumido una parálisis estúpida y cruel. El día que dejaste de moverte, ese día ya no me quedaba nada más que la fantasía de ser para ti la alegría y seguridad que tu fuiste para mi toda mi vida.

El día en que dejaste de comer, no restaba más que sentarme ahí, a tu lado, a esperar que Dios decidiera arrancarte de nosotros. Recuerdo la mano de mi hijo tomada de la tuya. Su piel lisa y suave mezclada con la tuya, rugosa y manchada por la vejez. Nadie quería perderte, nadie quería que te fueras a ese lugar que no tiene regreso. Te platicaba, te abrazaba, te suspiraba en el oído… “No tengas miedo, vas a estar bien. Vamos a estar bien nosotros también. Te amo.” ¿Me habrás escuchado? Tus ojos parecían a veces llenarse de lágrimas. ¿Estabas aterrado?, ¿frustrado?, ¿triste? Imposible hacer más que dejar que las horas pasaran. Que nuestra compañía fuera suficiente para tranquilizarte dentro de ese cuerpo casi muerto pero latente. Que tu compañía, todavía viva, nos diera un poco de consuelo al verte así. El día que dejaste de comer supe que ya te ibas para siempre.

El día en que suspiraste por última vez y te cerré los ojos, perdí a uno de los amores más grandes de mi vida. Ya no había nada más que hacer. Ni las terapias, medicinas, doctores, visitas, canciones, comidas especiales, enfermeros… nada. Contigo se fue una parte enorme de cada etapa de mi vida. Se fueron mis idas a los helados de la esquina de la casa. Se fueron las interminables veces que me subía a los cochecitos de moneditas mientras sonreías al ver mi alegría. Tus clases de manejo, las miles de veces que me recogiste en la escuela, las comidas en la casa, los cariñosos abrazos, los viajes a Acapulco, espectaculares regalos y las llamadas eternas por teléfono. Contigo se fue cada clase de baile que me diste. Las veces que me dijiste “estás preciosa”. Hoy, sólo pienso, ¿cómo no te aproveché más? Lo que daría por bailar contigo una sola canción más. Que me dieras vueltas, contagiándome tu excelente ritmo. Tu vibra. Tu alegría. El día que suspiraste por última vez perdí a mi mejor amigo, mi confidente, mi acompañante, mi maestro y mi protector.

A veces en las noches, seguido, me visitas. Sé que lo haces porque apareces y me permites abrazarte. “Pensé que nunca te volvería a ver…, te amo, abuelo.” Siempre me contestas, “yo también te amo a ti, Bebina, eres mi nieta preferida.” Te extraño, y siempre te extrañaré.

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1 Comment

  1. EDITH RENDON

    NO FUE MI ABUELO, NI SIQUIERA MI PADRE, FUE ESE SER ESPECIAL QUE HASTA EL ULTIMO MOMENTO LUCHO POR VIVIR, DESAFORTUNADAMENTE ME LO QUITO UN LINFOMA CEREBRAL METASTASIS CEREBRAL, HASTA HOY EN DIA NO COMPRENDO QUE ES POR QUE PASO, SI AYER ESTABAS LUCIDO PLATICANDO CONMIGO DEL CLIMA Y AL OTRO DIA, YA TU MENTE SE PERDIA, EN LOS RECUERDOS DE TU INFANCIA, TE PERDI, CUANDO TE PREGUNTE QUIEN SOY Y SOLO SONREISTE, AHI ME DI CUENTA QUE YA NO ESTABAS CONMIGO. PERO SIN EMBARGO SEGUIMOS JUNTOS HASTA EL ULTIMO MOMENTO. SE QUE NOS VEZ Y NOS CUIDAS, NO TE LO DIJE A TIEMPO PERO AHORA TE PROMETO CUIDAR DE TU HIJO Y DE TUS NIETOS COMO TU LO HUBIERAS HECHO, TE AMO SUEGRO Y TE RECUERDO SIEMPRE.

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