Hijos Desbocados

Les comparto un texto que me llegó hoy. Algo que vengo observando y creo es necesario que todos los padres nos tomemos 2 minutos (literal) para leerlo y reflexionar. 
“Queridos papás, abuelos, tíos, novios, orientadores, maestros: les mando algo que puede ser eficaz solución a los problemas de niños y adolescentes, si llegamos a tiempo.

Esto es para los abuelos también, mantenernos informados y cooperar con los hijos en la educación de nuestros nietecitos…

El lunes pasado, la sección Vida nos informó que algunos padres de familia de colegios privados se reunieron con el objeto de integrarse a un frente común para ver cómo pueden cambiar las conductas antisociales de sus hijos.

Varios representantes de los colegios American School Foundation, Colegio Inglés, CECVAC, Himalaya, Irlandés, Instituto Anglia, Instituto San Roberto, Instituto Franco Mexicano, Liceo de Monterrey y el Colegio Alfonsino se reunieron en un domicilio particular para estudiar cómo pueden mejorar las cosas.

Los padres están preocupados por el consumo de alcohol y drogas, por las muestras de violencia, el acoso escolar (bullying), los horarios y los diversos excesos.

Algunos dijeron cosas sensatas, como que sus hijos están pidiendo límites a gritos, que los antros les están ganando la batalla y que, también, se debe formar a los padres.

Es obvio que no son los niños y los jóvenes los únicos responsables de su comportamiento; si los adultos a su alrededor no los corrigen desde pequeños y no los acompañan en su crecimiento, los chavos no adivinan qué se espera de ellos.

Ojalá esta asociación funcione, pero un cambio de comportamiento es difícil de lograr y para conseguir que los hijos vuelvan “a tener valores y dejen de ser consumistas”, los padres podrían, entre otras cosas:

Dejar de competir entre sí por el tamaño de la casa, los decoradores, los viajes, los autos de lujo, la ropa y los accesorios de diseñador.

Comprar a sus hijos ropa y zapatos que no sean de marca.

Explicarles que las marcas no los hacen mejores que quienes no los usan.

Darles carro sólo hasta su mayoría de edad y nunca darles uno de lujo.

Darles celular cuando lo necesiten y no el más caro, que sólo lo usan para presumir, hay niños de 8 años o menos que ya tienen iPhone reciente

Enseñarles a respetar a sus mayores, a pararse a saludar cuando entra un mayor, lo conozcan o no, a cederle el asiento a las mujeres.

Jamás permitir que nos levanten la voz o nos falten el respeto, si permitimos eso ahora después nadie los detendrá a tratarte mal cuando seas anciano, más vale una reprimenda a tiempo.

Nunca decir a sus hijos que ustedes pagan a los maestros “pobres diablos” y que éstos no los deben regañar ni exigir y menos castigar o reprobar.

Dejar de fomentar la rivalidad con otros colegios o grupos.

Nunca llevarlos a las áreas de los centros comerciales en donde se reúnen para diferenciarse.

Dejar de repetir que quien vive en un área reconocida de gente más pudiente, es mejor que quien vive fuera de ésta.

 Relacionarlos con niños de otros colegios y de otras colonias.

No comprarles todo lo que pidan.

Su consumismo los lleva a tener todo en exceso.

Si son menores de edad, estar al tanto de lo que ven y hacen en la computadora.

Tener una sola tele en la casa para convivir y evitar que cada quien se aísle en su recámara.

Tratar al personal de servicio doméstico y al que los atienda en gasolineras, restaurantes y demás sitios públicos como las personas que son, no como esclavos que deben hacer lo que a ustedes se les antoje.

Dejar de hacer ostentación de su riqueza en los bautizos, primeras comuniones, confirmaciones y bodas; eso enseña a sus hijos a fijarse en el lujo y las apariencias mientras pierden el significado de la celebración.

Procurar que toda la familia se reúna a comer o a cenar, por lo menos, una vez a la semana.

Enseñarles que al templo o iglesia se va a dar gracias, a reflexionar y tratar de entender y reconocer valores, no a lucirse ni a viborear.

Enseñarles que no todos los problemas se resuelven con dinero y palancas.

Si ya tienen edad, discutir con ellos, honestamente, su sexualidad (aunque les cueste trabajo).

Educarlos para que no sean jueces implacables.

Juzgan con excesiva facilidad, como si sus puntos de vista o sus creencias fueran las únicas válidas.

Enseñarles que hay otras formas de vida, de ser, de creer y de actuar y que la suya es sólo una entre muchas, no la única.

Las señoras deben renunciar a uniformarse en cuanto a sus camionetas y a su atuendo.

Fomentar las reuniones en casas particulares en vez de antros y estar pendientes de cómo se comportan.

¿Quieren que sus hijos recuperen los valores?

Fortalézcanlos para, llegado el momento, no teman separarse del montón y asuman la responsabilidad de todos sus actos.

Hay algunos ejemplos maravillosos de padres y jóvenes, ellos y ellas, muy ricos y muy educados.

Son modestos, sencillos, respetuosos y solidarios.

Pero otros muchos padres sienten la necesidad de demostrar su dinero, su mal gusto y su prepotencia.

Y de ahí lo aprenden los hijos .

Invito a todas las abuelas, abuelos, padres y madres y a quien quiera unirse a que formemos una cadena o campaña perpetua para que se de este cambio tan necesario en nuestra comunidad.

Uds. dirán, solo comparto y si gusten compártanlo para que sus contactos los sigan compartiendo y hagamos una conciencia positiva entre todos de esta situación tan difícil que se vive en nuestra sociedad, de todos los niveles.”

Cita A Ciegas

Por supuesto que estaba nerviosa. Eso de la “cita a ciegas” no era lo mío. No estaba acostumbrada a salir con un desconocido que no sabía si me gustaría. Me incomodaba la inseguridad que flotaba en mi cabeza: “¿Le gustaré? ¿Le gustaré? ¿Le gustaré?” Me habían hablado poco de él, pero en ese momento me era suficiente. “Es un chavo muy muy guapo”, aseguraban. Con eso tenía para sentirme obligada a hacer todo el ritual de belleza que formaba parte de mis salidas nocturnas y, cada vez más, del día a día.

Afortunadamente, contaba con mi dosis semestral de Botox. “¡Qué suerte!”, pensé. Justo a tiempo para verme perfecta para la cita. Acudí al salón a arreglarme las cejas, hacerme un intenso facial, tratamiento en el pelo y retoque de luces. “Si el chavo no estuviera tan guapo me agobiaría menos, pero tengo que verme igual o mejor que él.” Ese era mi reto, mi motivación. Aunque no era necesario tanto esfuerzo, en realidad, mi belleza era una de mis prioridades. Invertía dinerales en verme “espectacular”. En tener el maquillaje de la temporada y las mejores cremas para mantener mi cara humectada y radiante.

Le metí duro al ejercicio esa semana para tratar de marcar un poco más mis brazos y mis piernas. Pensaba ponerme una blusa bastante descubierta, la falda nueva que me había costado casi lo mismo o más que los zapatos que en verdad estaban divinos y un saco de flecos que me encantaba. Me vería entre elegante, fresca, moderna y sexy. No tenía un estilo muy definido, pero sí me empeñaba en verme impecable de pies a cabeza. Me era imprescindible ver el impacto que causaba por donde caminaba. Y sí, sí lo lograba. Eso me llenaba tanto que cada vez quería verme mejor y mejor. Incluso, me cuestionaba cuál sería el argumento de la gente que no invertía lo mismo que yo en su físico. No sólo porque no la entendía, sino que para mí era relevante que mi ego estuviera siempre en su lugar.

Esta vez, ni siquiera pude ver fotos en Facebook, Instagram o Twitter para asegurarme de que realmente fuera un hombre guapo. Me inquietaba que se tratara de un tipo raro alejado de las redes sociales. La verdad es que yo me la vivía subiendo fotos de todo lo que hacía. Más que nada, las famosas “selfies”. A veces, incluso me arreglaba para tomarme la foto del día. Era un hambre insaciable por saber cuántos “me gusta” recibiría y qué comentarios pondrían. Me divertía mucho con eso, pero a la vez me causaba un poco de angustia. Ansiedad de estar revisando si muchos o pocos se habían involucrado en mi composición. “Tal vez no sonreí bien.” “Me hizo falta un mejor filtro… O blanco y negro. O sepia. Más contraste. Un mejor ángulo de mi cara. Cuerpo completo. Más sexy. ¿Sonrisa?, No, mejor seria. O con un ojo cerrado. O riendo, aunque sea falso.”

En fin, el día llegó. Me paré frente en el espejo y sonreí involuntariamente. Realmente me veía impresionante. Seguro lo sorprendería. Tomé mi bolsa, mi celular, mi lipstick, y salí. En el camino, recuerdo que sentí un poco de nervio. No mucho porque acostumbraba salir seguido pero esta vez intuía algo diferente. Aunque no sabía qué esperar, estaba emocionada. Mientras conducía el chofer yo me iba viendo en el espejo para asegurarme de que todo estuviera en orden. Me retoqué un poco los labios unos minutos antes de llegar. En mi mente hice todo un recorrido para confirmar que no faltara nada.

Llegando a la entrada del restaurante me preguntaron, como siempre, con quién venía. “Javier Guerrero”, contesté. La señorita sonrío un poco de más y me incomodó. Tal vez lo conocía, o tal vez me veía yo demasiado arreglada. No sabía de qué se trataba esa chispa en sus ojos. “Por aquí, sígame por favor”, me dijo. Los pasos fueron largos, pesados. Los recuerdo casi en cámara lenta. “La esperan”, enfatizó mientras señaló hacia una mesa. Entonces sentí que mi corazón se apretó y mi panza se vió invadida por esas famosas mariposas. Realmente la descripción que me habían dado de él era injusta. “¡Qué guapura!”, pensé. Parecía modelo. Brillaba. La barba partida y cuadrada, totalmente rasurada. Gestos muy masculinos, pelo ondulado obscuro, una camisa azul turquesa, y una postura sobre la mesa sumamente atractiva. Tengo que aceptar que era excitante verlo. Se veía tan seguro, tan cómodo, tan imponente y sencillo a la vez. Extraño y maravilloso.

Al escuchar a la mesera vi que levantó su cara, pero no hacia mí. Todavía no me veía, todavía la incertidumbre quedaba en el aire. Todavía mi inseguridad rebotaba por todo el salón cuestionando mi éxito ante sus ojos. Ante su mirada. Entonces caminé hacia él, hacia nuestra mesa. Supongo que el ruido de mis tacones lo hizo voltear súbitamente la cabeza. Hacia mi cuerpo. Hacia mi cara. Ese debe de ser uno de los momentos que más me han marcado en mi vida. El pequeño gran descubrimiento que hice en cuestión de segundos me dejó helada. Como si se me hubiera caído el techo en la cabeza. Inmóvil. Totalmente perdida. Sin aire, sin palabras, sin latidos en el corazón. Fue en ese instante en que mis ojos se perdieron en los suyos, en ese mar transparente de agua azul, en esa perfección, esa belleza absoluta… cuando me di cuenta. Esa mirada estaba vacía. Esa mirada perdida era la mirada de un ciego. Un ciego.

“Hola Sandra”, me dijo con una voz muy sensual, “siéntate por favor, bienvenida”. “Gracias”, contesté. Me sentí una idiota. No sabía qué más decir. Era como si no estuviera allí físicamente. Como si hubiera dejado mi cuerpo en otro lado. En ese instante solo existía mi voz y mi mente. “¿Usas perfume?”, me preguntó. ¡Increíble!, justamente lo que se me había olvidado. Justamente lo que él necesitaba para saber un poco más de mí. “Sí, sí uso, pero hoy no me puse, se me olvidó”, dije con una voz que ni yo misma reconocía. Me temblaba. “Qué bueno, porque hueles muy bien. No necesitas ponerte nada.” Más idiota me sentí. Pero a la vez algo dentro de mí despertó. Me dieron ganas de tocarlo, al menos sus manos, sentir su piel. Regalarle mi tacto para que me sintiera más presente. Me sentí deseada de una manera desconocida.

“¿Puedes acercarte más a mí, por favor?, te quiero conocer.” Estaba sentada del otro lado de la mesa, frente a él. Pero por supuesto, y sin ni siquiera decir nada, me moví para quedar justamente a su lado. Entonces lo pude oler yo a él. Sin querer, sin acercarme tanto, alcancé a percibir su escencia. Un atractivo más. “¿Te importa si te toco la cara?”, preguntó. Lo primero que pensé, como algo automático y muy estúpido fue “me va a deshacer el maquillaje”. Me apenó mi pensamiento y de inmediato le dije “sí”. Pero ese sí venía cargado de una entrega muy inesperada. Me estaba desnudando de una forma que nunca había sucedido antes. Por primera vez alguien me iba a conocer con sus manos. Unas manos que seguramente descubrirían cosas que ni yo misma conozco. Ningún espejo me daría la respuesta al rompecabezas que él estaba por armar en su mente. Esa imagen de mí que no tenía nada que ver con la que todos conocían.

Su mano recorrió mi cara lento. Su piel era áspera pero su forma de tocar era dulce. Como si yo fuera una obra de arte. Como si me quisiera leer. Entender. Recorrer. Cerré los ojos sin pensarlo. Pasaron sus dedos por mis pestañas, mis párpados, mis cejas. Paró un tiempo en mi nariz, paseando de arriba a abajo como si me estuviera pintando. Luego tocó mis labios. Primero el de arriba, luego el de abajo. Yo sentí que iba a explotar de nervios y excitación. Sentí que estábamos totalmente solos. No escuchaba el ruido, no veía a la gente que nos rodeaba ni me percataba de luz de las lámparas…

“Estás hermosa”, me dijo. “Me emociona conocerte. Platícame quién eres.”

Desde ese día entendí la vida de otra forma. Desde que conocí a este hombre cambié por completo y descubrí lo perdidos que estamos. Lo perdida que estaba. La manera insaciable de vivir buscando la felicidad en donde no se encuentra. En cosas, en marcas, en imágenes. Lo lejos que viven muchos de realmente conocerse. De darse la oportunidad de conocer a otros. De escucharse, amarse incondicionalmente. De dejar de buscar en el espejo los odiados defectos y los ansiados atributos. La sonrisa perfecta, el gesto indicado. La cara que acaba no siendo con la que nacimos con tal de complacer al mundo entero.

Aprendí que a pesar de contar con una belleza física envidiable, Javier no sabe que la tiene ni le importa. No entiende lo que significa para otros verse como él se ve. No sabe cómo son los seres humanos. Nunca ha visto una revista, ni se ha dedicado a analizar posturas y estilos para encajar en un estilo de vida meramente material. No, claro que no pertenece a las redes sociales. No le interesa presumir fotos que no puede ver. No le interesa presumir imágenes que carecen de sentido para él. Se emociona con las mentes cultas, con las pláticas profundas y con los olores intensos. No pierde horas con un celular en la mano. Si necesita hablar con alguien lo hace directamente o personalmente sin escribir. Disfruta de un buen café, escuchando música y acariciando a su perro.

Siempre pensé que el hombre de mi vida era aquel que se enamorara de mi belleza. Tenía razón, pero en un contexto muy distinto. Este señor con el que despierto todos los días, ve en mi más que nadie en el mundo, valora mi belleza interna. Me hace el amor totalmente enamorado y seguro de que está con una mujer bella y noble. Porque para él esa soy. Porque le ilusionan mis pensamientos, mis detalles, mi forma de tocarlo. Le emociona pasar la vida conmigo, con o sin maquillaje en mi cara. Orgulloso de ser mi pareja, me da la mano con la seguridad de que brillo por donde camino con o sin tacones. Abandoné los faciales y las prendas caras. Las fotos que presumían mis carencias quedaron en el pasado, lo mismo que el botox y los retoques. No es porque él no lo ve, sino porque aprendí a ver algo más. Aprendí a amar otras cosas en la vida. A llenarme de mí. Como si hubiera vuelto a nacer. Como si me hubiera reencontrado. Veo, pero veo diferente. No dejo de maravillarme. Porque conocerlo a él, fue conocerme a mí, con los ojos cerrados.

 

Mi Entrevista Para La Revista Mulher

A veces la vida te sorprende con oportunidades que no tenías contempladas. Hace unas semanas se acercó a mí una hermosa mujer, Thelma Ivonne, con la petición de hacerme parte de su proyecto. Mulher Magazine es un espacio creado para inspirar a mujeres. Para impulsarlas a lograr sus metas, seguir sus pasiones y realizarse en esta vida que es única. Fue con eso en mente que el equipo de Mulher se acercó a mi para una entrevista sobre lo que hago, pintar y escribir. Hoy tengo la suerte de compartirles este video donde platico e incito a mujeres a encontrarse, reinventarse y enamorarse de sí mismas. Espero, con esta entrevista, así como con todo lo que escribo, dejar una semilla que tenga grandes frutos en quienes la vean. ¡Gracias!

https://youtu.be/gTx1QF2U96U

Soy Su Mamá

Me acuerdo que apenas llevabas un día de haber nacido. Pasaban tantas cosas al mismo tiempo, tantos sentimientos, tantas hormonas alteradas y tantos médicos entrando y saliendo del cuarto, que me quedaba poco espacio para realmente pensar. Para darme cuenta de lo que acababa de suceder en mi vida. Unas horas antes de anochecer, rodeada de visitas, me sentí con la necesidad de irte a ver al cunero y pasar mi primer momento contigo a solas. Me paré con ayuda, me puse una bata, y en pantuflas me dirigí hacia ti. Al llegar, apreté el botón de la entrada. “Diga, ¿en qué le puedo ayudar?”, contestó una voz formal. “Quiero ver al bebé Ramírez”, dije con tono suave. “Señora, éste no es horario para ver a los bebés. Si quiere puede regresar mañana a las 10:00 am”. Lo dejé terminar la frase y enseguida contesté, “Soy su mamá”. Entonces se apagó la bocina y se abrió automáticamente la puerta para darme entrada. Fue en ese momento, al escucharme decirlo en voz alta, que me di cuenta de lo que había sucedido. Ya era mamá. Ya era tu mamá. Y esa frase, siempre, me abriría la puerta mágicamente para llegar a ti en cualquier circunstancia.

A los 3 años me llamaron del colegio. “Señora, nos da pena molestarla pero su pequeño…”. El corazón se me encogió. Me dolió. Me sentí mareada, comencé a sudar, y apreté con fuerza el volante del coche. “¿Qué?, ¿qué le pasó?”, dije sumamente alterada sin darme cuenta que la estaba interrumpiendo. “Se cayó del columpio y se lastimó fuerte su carita”. Respiré profundo, imaginando exactamente el golpe y pensando lo peor. “Voy para allá”. Tratando de manejar bien, me encaminé hacia el colegio con el pie bien puesto en el acelerador. Mi mente daba mil vueltas. Sabía que necesitabas a tu mamá. Veía tu carita, llorando. No podía dimensionar si tal vez había exagerado la secretaria o si realmente estabas muy lastimado. Asustada, nerviosa y ansiosa, llegué a la escuela, entré corriendo sin saludar a nadie y me fui directo a la enfermería. La puerta estaba cerrada, por lo que toqué fuerte. “No se puede, está ocupada ahora la enfermería. Vayan a la oficina principal por favor”, dijo una voz con tono histérico. “Soy su mamá”. En ese instante me abrieron la puerta y al dar un paso hacia adentro pude verte, tu cara raspada de la frente, el cachete y el ojo. Tenías todavía sangre, lágrimas y mocos. Tus ojos rojos intensos me enfocaron y al darte cuenta que era yo, los abriste grandes, te paraste rápido, corriste hacia mí y me abrazaste llorando.

A tus 12 años, ganaste el partido de futbol más importante de la temporada. Pero no sólo eso, fue gracias a tu gol que desempataron y quedaron triunfadores. Había sido un partido tan intenso, tan divertido. No paramos de gritar mientras corrías de un lado al otro persiguiendo la bola tratando de hacerla tuya. Verte grande, fuerte, con energía y alegría era maravilloso. Un regalo de la vida. Al terminar el partido, tus compañeros te abrazaron. Eras el héroe de la tarde. Entonces todos se regresaron juntos a sus lockers. Yo moría por irte a abrazar. Habíamos platicado tanto sobre este partido. Sobre tu ansiedad durante las noches anteriores mientras te dormías agarrándome la mano y fantaseando sobre las jugadas que harías. Los minutos planeando tenerte el uniforme listo, recogerte a tiempo, darte de comer bien, y llevarte con tu bebida en la mano… Ahora ya había pasado todo y quería celebrar contigo. Entonces me fui rápido a los lockers para tratar de encontrarte. Estaba cerrado y se escuchaba mucho ruido adentro. Toqué fuerte hasta que me abrió un señor. “Quiero felicitarlos”, le dije. “Espere en la cancha señora, ahora no puede pasar.” Sentí coraje, pero no me iba a vencer. “Soy su mamá“, le dije alzando la voz para tratar de que alguien más me escuchara. Entonces se asomó el entrenador y empujando la puerta, me dijo “Pasa, tu hijo es un campeón.” Al verte de lejos, con todos tus amigos, riendo y festejando, se me salieron las lágrimas. Me quedé allí, parada. Entonces volteaste, me viste, y sin pena por ser ya un niño grande, gritaste “Mamá, ganamoooooos”, mientras caminabas hacia mí con firmeza para abrazarme. Eras ya de mi tamaño y era yo, en ese momento, la mamá más orgullosa del mundo.

A tus 18 años tuviste un accidente fuerte regresando del antro a las 3 de la mañana. Me llamaste tú mismo, con esa voz que me paralizaba, explicando que necesitabas que te fuera a ayudar. Te habías estampado contra un árbol y estabas solo. Los minutos entre los que me salí de la cama en pijama para cambiarme y llegar a ti, fueron eternos. No recuerdo nada, ni la ropa que me puse ni como manejé ni el tiempo que me tomó llegar. No sabía si ibas a sobrevivir. Si te habías lastimado demasiado. Si ya había llegado alguien más a ayudarte. Si el coche estaba destrozado. Nada. Se me escurrían las lágrimas del pánico mientras iba con cuerpo tembloroso hacia la dirección aproximada que me diste. “Ma, estoy donde termina Palmas y empieza Reforma”. Me repetía la misma frase todo el camino. De pronto vi tu coche de lejos, al rededor una patrulla, oficiales, y algunas personas asomándose al piso. “Dios mío, ¿qué le pasó a mi bebé?, pensaba. Dejé el coche donde pude y bajé corriendo. Al verme acercarme, volteó un policía y me dijo “Señora, ya está todo bien, gracias por su ayuda”. “Soy su mamá“, contesté con un tremendo grito de pánico. Entonces se hizo a un lado, él y todos los que estaban cerca de ti. Estabas allí, tendido en el piso, viendo hacia el cielo. La cara empapada en sangre, las manos también. No entendía de dónde venía tu dolor, pero al verme te soltaste llorando, sin poder moverte y gritando “Ayúdame mamá, me duele”. Hoy puedo decirte que ese ha sido el peor momento de mi vida. No sabía nada. No podía ayudarte. No podía hacer más que esperar a la ambulancia. Besarte y tratarte de tranquilizar.

A tus 24 años tuvimos tu celebración de graduación. Te habían escogido para dar el discurso en nombre de toda la generación. No eras el del mejor promedio, pero sí un líder nato que generaba mucho respeto en sus compañeros. Todo estaba listo en el escenario, pero yo sabía el miedo que te daba hablar enfrente de la gente. Lo platicamos mucho, “tranquilo, tu solo piensa en lo que vas a decir, no en la gente que tienes enfrente”. Practicaste el discurso frente a mí, todos los días, por varias semanas. Yo sabía que estabas listo, tú no. Entonces quería ir a darte un último abrazo antes de que te enfrentaras a ese reto que tanto te preocupaba. Sin dar explicaciones, me paré de mi asiento en el auditorio, salí por la puerta principal y me metí al pasillo que te llevaba a la parte de atrás del escenario. Sabía que por allí te encontraría. Estaba todo obscuro y ya listos para entrar. “Tercera llamada”, se escuchó en la bocina. Me puse nerviosa, estaba a punto de perderme tu entrada y tu discurso por irte a buscar. Entonces te vi, parado con tu toga y birrete, preparado para hablar. En ese instante se apareció una señora que me dijo “no puede pasar, por favor vaya a su asiento, está a punto de comenzar”. Sin quitarte la vista, y señalándote le dije “Soy su mamá“. Volteó a verte, me regresó la mirada, y con una enorme sonrisa me dijo “Felicidades, pase”. Caminé hacia ti y te tomé el hombro por sorpresa. Al verme abriste los ojos como cuando tenías 3 añitos. “Estoy nervioso”. “Vas a estar bien, te ves muy bien, te sabes tu discurso y estoy sumamente orgullosa de ti.” Te abracé mientras escuché, “Gracias mamá, te quiero”.

Hace 2 días, a tus 30 años, estuvimos sentados en el cuarto del hospital, agarrados de la mano, mientras vimos a la enfermera entrar cargando a tu bebé. Tu primer hijo. Mientras se me inundaron los ojos de lágrimas traicioneras por tanta emoción, me volteaste a ver, y con una mirada llena de amor, dijiste, “Señorita, déselo a cargar primero a su abuela, que ha sido la mamá más presente del mundo. Que conozca mi bebé a la mujer que me hizo el hombre que soy. La mujer que siempre estuvo y estará allí para mí.” Con una sonrisa enorme, y recordando lo que sentí por primera vez que me convertí en mamá hace 30 años, contesté, “Sí, yo soy su mamá… y su abuela. La más afortunada del mundo”.

Días Infelices

Hay días que sientes como se te oxida la sangre. La piel cambia de color, te absorbe la palidez y la falta de aliento. El corazón tratando de sobrevivir busca excusas para mantenerse entretenido, alerta, brincando. No hace falta seguirse drogando para pretender no ver y no sentir. No hace falta seguir tomando, leyendo, escribiendo, pintando, corriendo. Es evidente que algo se está muriendo dentro de las mil paredes que cubren tu alma. Ningún órgano convence al otro para seguir adelante. Las piernas no buscan escapar ni los brazos abrazar. Qué más da tanto sol, tanta luz, si lo que buscas es esa obscuridad, esa pequeña gran muerte que trae la noche. Hay días que te empapa la duda de seguir. La incertidumbre de ese camino supuestamente preparado para ti. ¿Dónde está? ¿Dónde queda la fe? ¿La esperanza? Y mientras dialogas con tu patética existencia y las sábanas que te esconden ligeramente, empieza a derramarse la soledad por tus ojos. Inevitable. Incontrolable. Espontáneo y totalmente lógico. Hay límites para el dolor. No todo puede quedarse en la garganta. No todo puede mantenerse dentro del ligero gran dolor de cabeza que está ahí, presente las 24 horas. Giras a la derecha, a la izquierda. ¿Dónde te perdiste? ¿Dónde quedó la alegre infancia? Ya no eres la misma. Ya no hay rastros de la ingenuidad. De las fantasías y la posible capacidad de ser feliz. Eres eso, infeliz.

Es que hay días que sientes como se te oxida la sangre. La piel cambia da color, el corazón duda si seguir trabajando, la garganta se te cierra, los ojos se te inundan, el cuerpo se paraliza, la mente se pierde y sientes una inmensa y absoluta soledad. Inmensa y absoluta infelicidad.