Perdí A Mi Bebé

No tengo ganas de nada. No me quiero mover. No quiero pensar. Quisiera poder dormir y seguir soñando que todo esto no pasó. Sin interrupciones dolorosas de la realidad. Sin tener que escuchar tantos consejos, tantas palabras “sabias” que ni imaginan lo que estoy sintiendo. Me siento sola en mi dolor, en mi duelo. Porque, aunque él lo vive conmigo, aunque también era su bebé… , era yo quien lo llevaba dentro.

No tengo idea de qué pasó, por qué pasó y para qué. No sé si fue mi culpa, qué pude haber hecho diferente. De verdad me cuidé, hice exactamente cada cosa que la doctora me dijo. No cargué, no hice ejercicio de más. ¿Habrá sido que manejé cuando me sentía un poco mareada? ¿O el haber ido a trabajar la tarde que me revisaron y me pidieron descanso? A veces siento que enloquezco con mis pensamientos obsesivos. Nunca me había pasado esto. ¿Cómo apago mi mente? ¿Cómo le pongo pausa a tanta culpa, tanto dolor?

A veces, a media noche, me despierto confundida pensando que sigo embarazada. En segundos recuerdo que no, recuerdo todo. Pero empiezo a dudar si estoy soñando, si es verdad que realmente lo perdí o si sigue viviendo dentro de mí. Me ha pasado cada noche desde hace una semana. Desde ese día tan triste. Tan… horroroso. Ese día en que mi cuerpo supuso que di a luz a un bebé. Y desde entonces, todos los días, cada minuto, me pregunta ¿dónde está? Las hormonas alteradas no me dejan superarlo. No permiten que mi cabeza ponga en orden mis sentimientos. Sí, sí entiendo que voy a estar bien, pero no me siento bien. Y por más que me digo a mí misma que debo salir adelante, el supuesto parto, no me lo permite.

“Qué bueno que no estaba tan avanzado el embarazo”, me dicen, pensando que eso me da consuelo. Claro, claro que “qué bueno” para todos los que no sentían al bebé y los síntomas. Para ellos es maravilloso que haya sido en este momento, porque ni siquiera se percataron de que estaba embarazada, no vieron una panza grande ni sus movimientos. Pero para mí fue diferente. Yo viví todo desde el día número uno. Yo sí estuve mareada, vomitando y sintiéndome enferma… pero tolerando todo por la inmensa felicidad de pronto ser mamá. Yo sabía que mi cuerpo estaba ocupado dándole vida a mi primer bebé. Pensaba en eso cada minuto. Pero claro…, era la única viviéndolo. Nadie más.

Estos días no he podido ni siquiera hablar con mi pareja. Estoy consciente de que él también tuvo una pérdida, pero estamos fuera de sintonía. “Lo importante es que estás sana tú, que vas a recuperarte y vamos a volver a embarazar”, me repite. Lo dice tan fácil, con una sonrisa en la cara y un poco de frustración por verme así, tumbada y deprimida. ¿Y si no puedo volver a embarazar?, ¿y si me vuelve a pasar y nunca logro ser mamá?, ¿y si algo está mal conmigo? Me aterra pensar que sea real lo que pienso. Todos mis miedos.

Me he dado cuenta que es tan frecuente esto de “perder al bebé”, que la gente minimiza la situación. Como si fuera darle la vuelta a la página de un libro. Siguiente. ¡Qué locura! Por más “frecuente” que sea, duele horrible. Estoy de luto y no lo entienden. No me importa qué tan pronto fue, yo perdí a mi bebé. No me importa el tamaño que tenía y qué tan desarrollado estaba. Era mi bebé, niña o niño, no sé, era mío. Todas mis fantasías y sueños se fueron a la nada. Toda la ilusión de ser mamá. Las horas en la computadora leyendo sobre el desarrollo de cada semana. Las ideas para su cuarto. La enorme y maravillosa imagen de ser una familia por primera vez, los tres.

No se me olvida el momento en el que estaba acostada, emocionada de escucharlo de nuevo de la mano de mi esposo. Todo listo, consultorio, computadora, ultrasonido, doctora… y de pronto, nada. No se escuchaba su corazón. La cara de angustia de todos. La duda. “Debe de ser un error, cheque bien, por favor”. No, no era un error. El corazoncito de mi bebé dejó de latir. Así, de un día para otro. ¿Por qué? Ese dolor no tiene comparación. Me quería quedar ahí, encerrada, esperando a que vuelva a escucharse. Esperando un milagro. Necesitando que me abrazaran fuerte para no desvanecerme y caer al piso empapada en mis propias lágrimas.

Ahora hay que apagar la “fiesta” con un extinguidor lleno de dolor. Contarle a todas esas personas que nos habían felicitado. “Eso es lo de menos Sandra, a la gente no hay que explicarle nada”. Claro que es lo de menos, pero duele. Ir por el mundo teniendo que escuchar de todos un “lo siento mucho”, con esa expresión blanca que no dice nada más que “no quisiera estar en tus zapatos”. ¿Creerán que me siento mejor? Tontos todos. Ojalá y nada más se le olvidara al mundo entero que estuve embarazada. Ojalá y se me olvidara a mí también.

¿Cuánto tiempo voy a estar así? Por favor que alguien me diga. Que me aseguren que uno se recupera de esto. Falta mucho para poder volver a intentarlo, lo veo eterno. Todos los ratos libres, aquellos momentos que eran fantasiosamente íntimos entre madre e hijo, son ahora pura soledad. No quiero salir a la luz, a la vida cotidiana sin ilusión. Quiero regresar el tiempo. No quiero visitas. Por más que me baño no se me limpia la agonía. Solo duele un cuerpo recién parido con un bebé inexistente. Estoy perdida. Perdida dentro de mi mundo negro.

Entonces, no tengo ganas de nada. No me quiero mover. No quiero pensar. Quisiera poder dormir y seguir soñando que todo esto no pasó. Seguir soñando que en unos cuantos meses, seré mamá por primera vez. Sin interrupciones dolorosas. Sin la cruel realidad de que sólo es un sueño, que no seré mamá… todavía no.

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