Su Juventud, Mi Vejez

La tenía frente a mí y no podía parar de verla. Tan joven, tan bella. Llena de vida, de pasiones, de deseos. Todo un futuro por delante. Su pelo largo, entre chino y lacio. Ondulado, supongo. Perfecto. Una mirada alegre, desprendida. Flaca, con un cuerpo impecable. Todo en su lugar, digamos. Esa deliciosa juventud que mantiene todo intacto. Brillando. ¡Qué envidia carajo!

A mis 75 años, todo eso que tenía frente de mí se sentía tan lejano. Me acuerdo de aquellos años cuando yo también me veía así. Yo también era de las que “paraba el tráfico”. De las que atraía miradas por donde caminaba. La popular, la que contagiaba alegría y reflejaba perfección por todas partes. Tenía un cuerpo envidiable, atlético, y con proporciones sumamente atractivas. Es la verdad. Nunca fui presumida pero sabía que tenía el don de la belleza.

Me imaginé todo lo que ella aún podría hacer con su vida que yo ya no. La exquisita posibilidad de enamorarse de nuevo. Tener una vida sexual envidiable. Que te cubran el cuerpo de besos. Poderte desnudar ante cualquiera sin pudor. Sin pena de enseñar un cuerpo viejo, desgarrado, cansado. Una piel arrugada, pechos de mentiras y celulitis por doquier. Hormonas casi vírgenes que funcionan a la perfección haciendo que todo fluya correctamente. Todo.

La veía platicar, reírse. Como si nada le pesara en la vida. Como si nunca hubiera tenido una sola pena, un solo sufrimiento. Responsable dentro de su deliciosa irresponsabilidad. Y volvía a repetir en mi mente, ¡Qué pinche envidia!. Me estaba quemando por dentro, es la verdad. Yo ya no podía regresar el tiempo. Los años los tenía tatuados en todas partes de mi cuerpo. Por más que he tratado de ocultar el paso de los años, sé que se me notan. Tal vez no me veo de 75. Probablemente me veo de 70, de 65…, pero seguramente no de 29. No como ella. Eso ya nunca.

La imaginaba despertando con alegría, llena de flexibilidad, de pasiones, de ganas de vivir. Cantando, bailando, sintiendo. Seguramente a ella no le dolía nada. Seguramente ella podía mover su cuerpo como quisiera sin tener que tomar un millón de antiinflamatorios y terapias físicas. Sin tener que inyectarse vitaminas para sobrevivir la caducidad del cuerpo. Un cuerpo que cada día se va acabando más, deteriorando.

La realidad era esa; yo tenía la muerte encima y ella no. Ella tenía toda una vida por delante. Emociones, fantasías, ilusiones, proyectos. Salud. Juventud. ¡Cómo me gustaría ser ella! Cambiaría todo en este momento por meterme en sus zapatos. Por volver a tener 29 años y parar el reloj. Ojalá se pudiera. Así dejaría de sentir todos los días que se me va acabando el tiempo. Que me atrapa la vejez. Que los jóvenes me miran como si fuera una vieja más. Nadie sabe lo que yo era, la mujer que yo era. Pues no…, ahora sólo quedan recuerdos, fotos, memorias. ¿Y eso qué? De qué me sirve. Eso no me quita las canas, las arrugas, la flacidez y la resequedad. Eso no me regresa a mis años de oro.

He tenido una gran vida, es la verdad. No me quejo de eso, no podría. Tuve un marido maravilloso, que en paz descanse. Me casé muy chica pero contenta. Vivimos juntos un millón de cosas. Sexo, diversión, amor, viajes, pleitos, reconciliaciones, proyectos, pérdidas, alegrías y mucho más. Siempre me trató como su reina. Tuvimos cuatro hijos, todos preciosos. Viví mis embarazos, los disfruté enormemente. Recuerdo a cada uno de ellos dentro de mí, su forma de moverse, el cambio en mi cuerpo, y la increíble e incomparable felicidad al verlos nacer. Ahora soy abuela también de 7 angelitos. Me llenan la vida de alegría, cada uno a su manera. Con sus abrazos, sus detalles y las miles de ocurrencias que me sacan sonrisas auténticas y revitalizadoras.

Sí, soy feliz. Pero realmente me imagino que volver a tener esa juventud en las manos debe de ser increíblemente maravilloso. Verse como ella. Sentirse como ella. Esa mujer tan hermosa que estaba del otro lado de mi mesa. Qué afortunada es, pensaba. ¡Carajo, qué dura es la vejez!, me repetía. Era real, yo era la belleza vieja, ella la belleza joven. Evidentemente valía más la suya que la mía.

Eso pensé, ese día y unos cuántos más en los que seguí recordándola En los que me paraba frente al espejo desnuda a ver lo que el tiempo había hecho. A mí, a mi cuerpo, a mi vida. ¿En qué momento me convertí en esta mujer?, pensaba. Lo hice cuatro o cinco días seguidos. Ese diálogo entre mi reflejo y yo. Algo obsesivo, algo depresivo. Lo hice cuatro o cinco días hasta que recibí la terrible noticia. Una llamada que me dejó paralizada. Idiotizada. Espantada.

“Mamá, ¿te acuerdas la chava que comió con nosotros el otro día?, me dijo mi hija por el teléfono con voz sorprendida. “¿Cuál, mi amor?”, contesté. “Hay ma, la guapa que me dijiste que estaba impresionante. La güerita de pelo ondulado que estaba enfrente de ti.”. Tardé unos segundos más en “recordar”. Claro que sabía de quién hablaba. Esa sombra que me ha perseguido estos últimos días. Aquella que me quemó el alma de envidia. Ella. “Ahhh, claro, ya sé cual. ¿Por qué preguntas?”, le dije en tono relajado aunque tenía mucha curiosidad por escuchar su respuesta. “¿Qué crees?, ¡Se suicidó!. La encontraron muerta en su cama en la mañana, ma, horrible. Imagínate. Se tomó unas pastillas o algo así y se murió. Dicen que era súper depresiva y muy infeliz. Que sufría de anorexia y mil problemas más.” ¿Quééééé? Por un momento me quedé en pausa. Se me paró el tiempo. Incluso creo que se me paró el corazón por unos segundos. No pude contestar. No pude decir una sola palabra.

Claro que me afectó, mucho. Más de lo que pensé. No la conocía, y no sentía nada por ella. No era mi amiga, ni mi hija o nieta. No era nadie en mi vida. Pero a su vez, fue tanto. Fue un reflejo de un pasado que anhelaba más que mi propio presente. Más que mi propio futuro. Fue un choque entre mi felicidad y mi insaciabilidad. Mi inconformidad por aceptar mi vida, mi presente, mi imagen. Quería ser ella y dejar todo lo mío atrás. No hubiera dudado en intercambiar papeles. No hubiera dudado dejar todo por ser ella.

¡Qué equivocada estaba! ¡Qué equivocada llevo estando tanto tiempo! ¿Qué espero de la vida? ¿Por qué prefiero ser joven y bella que quien soy ahora? Tantas cirugías, tratamientos, cremas, parches… cuántos años y tiempos invertidos en tratar de regresar el tiempo. Pensando que eso me haría más feliz. Que uno sólo es bella cuando es joven. Que sólo disfruta la vida cuando es joven. ¡Qué equivocada estaba!

“Mamá, ¿estás ahí? Contesta.”, dijo mi hija en voz fuerte después de unos segundos de silencio. Seguramente ya lo había repetido varias veces y yo no la escuchaba. Me encerré en mis pensamientos. “Sí hija, aquí estoy. ¡No lo puedo creer!”. “Ya sé, yo tampoco. Pero sabes qué mamá, cuando tu te fuiste ese día, me quedé platicando un ratito más con ella. Me dijo que nunca había visto una mujer tan guapa como tú. Que quisiera tener tu seguridad y tu fuerza. Que envidiaba tu energía, tu carisma y tus ánimos de disfrutar la vida. Dijo que eras tan afortunada por tener la familia que tienes y que debería ser maravilloso tener tu edad, verte como te ves, y ser tan feliz. Que quería ser igual a ti.” Silencio. Mucho silencio. Colgué.

Entonces ella quería estar en mis zapatos y yo en los suyos. Entonces ella quería ser yo y yo quería ser ella. Ninguna de las dos valoraba su presente, su vida. La juventud quería experiencia y madurez. Quería una vida más sólida. Una familia, una identidad, una historia. Y yo, yo que tenía todo eso que ella quería, no lo veía. Ella quería mi mundo, mi cara, mi cuerpo, mi edad, mis hijos y nietos, mi sonrisa, mi seguridad, mi pasión y mi energía. ¡Qué irónica la vida! Nunca me había sentido así. Triste de su muerte, pero tan feliz con mi vida. Tan feliz por mi trayectoria, por mi camino.

Me paré frente al espejo, otra vez, desnuda. Me vi, tranquila. Sin miedo, por primera vez vi a quién estaba frente a mí. La mujer en quien me había convertido. Sí, ya no era bella como las de la revistas. Pero era yo. Bella a mi manera, a mi edad. Con huellas de sonrisas pasadas en la cara. De muchos gestos de momentos vividos. Rastros de todo mi recorrido por la vida, por el mundo. Me acepté. Algo que no había hecho en muchos años. Me admiré. Me quise. ¡Cuánto tiempo sin valorarme! ¡Cuánto tiempo escondiéndome, tratando de no verme. De no sentirme sexy, coqueta, atractiva, madura, segura.

Y sí, cambio mi vida. La muerte de esta pobre muchacha me cambió la vida. ¿Tengo pocos años por vivir? No sé. No me importa. Hoy, me siento joven otra vez. Joven a mi manera. Me siento con ganas de volver a empezar. De vivir y conquistarme otra vez. Ser, todos los días, más mujer. Me siento con ganas de dejar de querer regresar el tiempo. De hacer nuevos proyectos. De disfrutar inmensamente a mi familia. Apreciar la memoria de mi esposo que pudo envejecer y crear una historia conmigo. Seguir mi vida, no como si estuviera cerca del final, sino como si fuera solo un fragmento. Un momento de una gran película. Me propuse, después de muchos años, volver a sentirme atractiva. Volver a caminar con seguridad, con aires de belleza, de dignidad, de elegancia. Madurez. Me propuse volver a ser yo.

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