Mi Niña, Su Nuevo Infierno

Desde ese día, empecé a tener tantas expectativas. Tantos sueños. Te imaginé de mil maneras. Tu cara, tus gestos, tus pasiones, miedos y angustias. Me imaginaba, más que nada, tus éxitos. Que ibas a ser enorme. Que brillarías. Desde ese día en que te vi nacer, ya tenía tu vida planeada. Ibas a ser tan feliz. Siempre. Tan sana. Tan llena de vida. Crecerías a ser una mujer guapa, inteligente, exitosa, enamorada y apasionada de su presente. Tendrías una niñez espectacular. Una adolescencia envidiable y una juventud mágica.

Di por hecho, obvio, tu salud. Supongo que pensar en eso estaba de más. Tu serías una niña sana, siempre. SIEMPRE. Qué ilusa fui. Tan tonta como todas las mamás. Que pensamos que por darles la vida, la podemos controlar. Que podría pedir y decidir como serías. Qué ilusa fui en dar por hecho que siempre tendrías las fuerzas para salir adelante sola. Que la depresión y ansiedad nunca tocarían tu puerta. Que nunca nada apagaría tus sueños. Esa luz en tus ojos. Qué idiota fui.

Hoy te veo ahí, sentada en esa cama que no es la que yo te compré. Te veo encerrada en tus pensamientos que no son los míos. Trato de adivinarte, mi niña. Trato de saber qué piensas de todo esto. De saber si eres feliz. Porque sé que no lo eres y me parte el alma verte así. Quiero dar mi vida por recuperar tu salud. Quiero que cada una de estas lágrimas que me escurren sean medicinas para curarte. Estoy gritando por dentro. Estoy desgarrada y no lo sabes.

Esas sonrisitas de la bebé más deliciosa se han desaparecido. Esa niña curiosa y acelerada ahora está enjaulada en 4 paredes. Con suero en el brazo. Con inyecciones controladas y medicamentos en dosis que aumentan por tu dolor. Enfermeras que desfilan con un corazón frío y muy desconectado a mi realidad. A tu realidad. A nuestro nuevo mundo que nos tiene unidas y alejadas al mismo tiempo. Como si fuera mi culpa tu enfermedad. Como si me equivoqué en algo. Como si fui yo quien te hizo así.

¿Qué hago con todo lo que te tenía planeado en la vida? ¿Qué hago con esta nueva dependencia de una niña independiente? ¿Dónde pongo este dolor por saber que ya no serás la misma? Y a veces me pierdo pensando en los días en que te peinaba de chiquita. La primera vez que te pude hacer dos colitas y eras la más feliz del mundo. Cuando te compré tu primer traje de princesa y las miles de veces que jugamos a pintarnos frente al espejo. ¿Qué hago con este dolor de madre? ¿Cómo regreso el tiempo? ¿Cómo te arranco esa maldita enfermedad de encima? ¿Cómo te hago feliz?

Y quiero regalarte un millón de promesas. Pero no sé dónde comprarlas. No sé cómo garantizarte una vida plena. No encuentro un globo que diga cuanto te amo ni unos chocolates que te curen. Mi amor, no sé como volverte a meter en mi cuerpo para cambiar esto que genéticamente venía mal. Le pido a Dios que me de la fuerza para levantarte todos los días. Para no dejarte caer. Para ser el pilar de tu felicidad. Que no te tropieces con esta pinche enfermedad todas las mañanas. Que logres convertirte en todo lo que quieres ser. Le pido a Dios que me de vida para cuidar la tuya. Que me de alegría para contagiarte. Para borrar tus lágrimas y transformarlas en carcajadas. Para que no me empujes por no haberte hecho “perfecta”. “Perfecta” para un mundo cruel. Para los sueños que te tenía planeados. Porque sabes mi chiquita, para mi siempre serás perfecta. Siempre serás la niña de mis ojos. El combustible de mi vida. El motor de mis mañanas. Siempre serás el amor de mi vida.

Entonces, cuando siento que me ahogo, vuelo al futuro. Creo historias de felicidad donde vuelvo a caer en esa tendencia materna de planearte una vida feliz. Es normal, supongo. Pienso, que algún día, combatiendo esto, crecerás. Pienso en eso para no ver el cuarto tan negro e ignorar este horrible olor a hospital que me está volviendo loca. Te imagino así, como eres, preciosa y fantasiosa. A veces, vestida de novia, con cola larga, el vestido de princesa que siempre quisiste y tu corona de reina. Pienso en que algún día te enamorarás de un hombre que te de la seguridad en ti misma que hoy no te sé darte yo. Te imagino tan contenta en diferentes momentos, que me lleno de paz. Me lleno de paz y logro, así, sacar fuerzas para seguir. Logro derrumbar este dolor inmenso que llevo dentro, al menos por unos minutos. Por unos segundos.

Qué ilusa fui en dar por hecho tantas cosas. Pero ahora entiendo que la vida da vueltas sin avisarte. Que un hijo no viene al mundo para ser lo que tu planeabas que fuera. Que tengo que entender que estoy viviendo, al mismo tiempo, un duelo por todos esos sueños que ya no serán como hubiera querido que fueran. Sí, porque mueren muchas expectativas, ideales y fantasías. Y tengo que aceptar que ésta es tu realidad y tu vida ahora. Que nada puedo hacer para cambiarla. Que tengo que asumirlo para ayudarte a ti a asumirlo también. Que tengo que entender que no es mi culpa. Que yo te hice con todo mi amor y te cargué dentro de mi nueve meses esperando darte todo. Esperando darte una vida sana. Todo menos esto. Esta horrorosa realidad fría y agria. Y que no es un castigo. Que es, lo que Dios quiso que sea.

Entiendo también, que está en mi sacarte adelante. Está en mi ser mejor mamá que fui ayer. Ser tu amiga, tu confidente, tu maestra, tu enfermera y tu apoyo incondicional. Darte todas las herramientas para que luches agarrada de mi mano. Porque aunque esto nos ha derrumbado hoy, tenemos, juntas, toda la vida por delante. Y te daré madurez para enfrentar tu nuevo camino. Que no veas esto como un impedimento. Que te sientas igual de capaz que cualquier otra mujer. Todos los días pondré una piedra más en tu costal de valores. Crearé, estoy segura, una mujer sin límites ni impedimentos. Y entonces así, algún día podré irme tranquila de este mundo, sabiendo que te dejé armada. Que te dejé preparada. Con la valentía de vivir esta vida así, enferma, pero con ganas de vivir. Sin depender de mi, de tu mamá que tanto te ama. Algún día, me iré de este mundo y te dejaré sintiéndote tan perfecta como yo te veo. Tan llena de este amor que te he dado desde ese día, que empecé a tener tantas expectativas. Tantos sueños. Que te imaginé de mil maneras. Te amo mi chiquita.

—-

Esta historia se la dedico a una persona que quiero mucho. Que admiro enormemente por su fuerza, su enorme valentía, y esa maravillosa y alegre forma de ser, a pesar de las grandes y pequeñas piedras que se ha encontrado en el transcurso de su vida. Un ejemplo a seguir en todos los aspectos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *