Soy Su Mamá

Me acuerdo que apenas llevabas un día de haber nacido. Pasaban tantas cosas al mismo tiempo, tantos sentimientos, tantas hormonas alteradas y tantos médicos entrando y saliendo del cuarto, que me quedaba poco espacio para realmente pensar. Para darme cuenta de lo que acababa de suceder en mi vida. Unas horas antes de anochecer, rodeada de visitas, me sentí con la necesidad de irte a ver al cunero y pasar mi primer momento contigo a solas. Me paré con ayuda, me puse una bata, y en pantuflas me dirigí hacia ti. Al llegar, apreté el botón de la entrada. “Diga, ¿en qué le puedo ayudar?”, contestó una voz formal. “Quiero ver al bebé Ramírez”, dije con tono suave. “Señora, éste no es horario para ver a los bebés. Si quiere puede regresar mañana a las 10:00 am”. Lo dejé terminar la frase y enseguida contesté, “Soy su mamá”. Entonces se apagó la bocina y se abrió automáticamente la puerta para darme entrada. Fue en ese momento, al escucharme decirlo en voz alta, que me di cuenta de lo que había sucedido. Ya era mamá. Ya era tu mamá. Y esa frase, siempre, me abriría la puerta mágicamente para llegar a ti en cualquier circunstancia.

A los 3 años me llamaron del colegio. “Señora, nos da pena molestarla pero su pequeño…”. El corazón se me encogió. Me dolió. Me sentí mareada, comencé a sudar, y apreté con fuerza el volante del coche. “¿Qué?, ¿qué le pasó?”, dije sumamente alterada sin darme cuenta que la estaba interrumpiendo. “Se cayó del columpio y se lastimó fuerte su carita”. Respiré profundo, imaginando exactamente el golpe y pensando lo peor. “Voy para allá”. Tratando de manejar bien, me encaminé hacia el colegio con el pie bien puesto en el acelerador. Mi mente daba mil vueltas. Sabía que necesitabas a tu mamá. Veía tu carita, llorando. No podía dimensionar si tal vez había exagerado la secretaria o si realmente estabas muy lastimado. Asustada, nerviosa y ansiosa, llegué a la escuela, entré corriendo sin saludar a nadie y me fui directo a la enfermería. La puerta estaba cerrada, por lo que toqué fuerte. “No se puede, está ocupada ahora la enfermería. Vayan a la oficina principal por favor”, dijo una voz con tono histérico. “Soy su mamá”. En ese instante me abrieron la puerta y al dar un paso hacia adentro pude verte, tu cara raspada de la frente, el cachete y el ojo. Tenías todavía sangre, lágrimas y mocos. Tus ojos rojos intensos me enfocaron y al darte cuenta que era yo, los abriste grandes, te paraste rápido, corriste hacia mí y me abrazaste llorando.

A tus 12 años, ganaste el partido de futbol más importante de la temporada. Pero no sólo eso, fue gracias a tu gol que desempataron y quedaron triunfadores. Había sido un partido tan intenso, tan divertido. No paramos de gritar mientras corrías de un lado al otro persiguiendo la bola tratando de hacerla tuya. Verte grande, fuerte, con energía y alegría era maravilloso. Un regalo de la vida. Al terminar el partido, tus compañeros te abrazaron. Eras el héroe de la tarde. Entonces todos se regresaron juntos a sus lockers. Yo moría por irte a abrazar. Habíamos platicado tanto sobre este partido. Sobre tu ansiedad durante las noches anteriores mientras te dormías agarrándome la mano y fantaseando sobre las jugadas que harías. Los minutos planeando tenerte el uniforme listo, recogerte a tiempo, darte de comer bien, y llevarte con tu bebida en la mano… Ahora ya había pasado todo y quería celebrar contigo. Entonces me fui rápido a los lockers para tratar de encontrarte. Estaba cerrado y se escuchaba mucho ruido adentro. Toqué fuerte hasta que me abrió un señor. “Quiero felicitarlos”, le dije. “Espere en la cancha señora, ahora no puede pasar.” Sentí coraje, pero no me iba a vencer. “Soy su mamá“, le dije alzando la voz para tratar de que alguien más me escuchara. Entonces se asomó el entrenador y empujando la puerta, me dijo “Pasa, tu hijo es un campeón.” Al verte de lejos, con todos tus amigos, riendo y festejando, se me salieron las lágrimas. Me quedé allí, parada. Entonces volteaste, me viste, y sin pena por ser ya un niño grande, gritaste “Mamá, ganamoooooos”, mientras caminabas hacia mí con firmeza para abrazarme. Eras ya de mi tamaño y era yo, en ese momento, la mamá más orgullosa del mundo.

A tus 18 años tuviste un accidente fuerte regresando del antro a las 3 de la mañana. Me llamaste tú mismo, con esa voz que me paralizaba, explicando que necesitabas que te fuera a ayudar. Te habías estampado contra un árbol y estabas solo. Los minutos entre los que me salí de la cama en pijama para cambiarme y llegar a ti, fueron eternos. No recuerdo nada, ni la ropa que me puse ni como manejé ni el tiempo que me tomó llegar. No sabía si ibas a sobrevivir. Si te habías lastimado demasiado. Si ya había llegado alguien más a ayudarte. Si el coche estaba destrozado. Nada. Se me escurrían las lágrimas del pánico mientras iba con cuerpo tembloroso hacia la dirección aproximada que me diste. “Ma, estoy donde termina Palmas y empieza Reforma”. Me repetía la misma frase todo el camino. De pronto vi tu coche de lejos, al rededor una patrulla, oficiales, y algunas personas asomándose al piso. “Dios mío, ¿qué le pasó a mi bebé?, pensaba. Dejé el coche donde pude y bajé corriendo. Al verme acercarme, volteó un policía y me dijo “Señora, ya está todo bien, gracias por su ayuda”. “Soy su mamá“, contesté con un tremendo grito de pánico. Entonces se hizo a un lado, él y todos los que estaban cerca de ti. Estabas allí, tendido en el piso, viendo hacia el cielo. La cara empapada en sangre, las manos también. No entendía de dónde venía tu dolor, pero al verme te soltaste llorando, sin poder moverte y gritando “Ayúdame mamá, me duele”. Hoy puedo decirte que ese ha sido el peor momento de mi vida. No sabía nada. No podía ayudarte. No podía hacer más que esperar a la ambulancia. Besarte y tratarte de tranquilizar.

A tus 24 años tuvimos tu celebración de graduación. Te habían escogido para dar el discurso en nombre de toda la generación. No eras el del mejor promedio, pero sí un líder nato que generaba mucho respeto en sus compañeros. Todo estaba listo en el escenario, pero yo sabía el miedo que te daba hablar enfrente de la gente. Lo platicamos mucho, “tranquilo, tu solo piensa en lo que vas a decir, no en la gente que tienes enfrente”. Practicaste el discurso frente a mí, todos los días, por varias semanas. Yo sabía que estabas listo, tú no. Entonces quería ir a darte un último abrazo antes de que te enfrentaras a ese reto que tanto te preocupaba. Sin dar explicaciones, me paré de mi asiento en el auditorio, salí por la puerta principal y me metí al pasillo que te llevaba a la parte de atrás del escenario. Sabía que por allí te encontraría. Estaba todo obscuro y ya listos para entrar. “Tercera llamada”, se escuchó en la bocina. Me puse nerviosa, estaba a punto de perderme tu entrada y tu discurso por irte a buscar. Entonces te vi, parado con tu toga y birrete, preparado para hablar. En ese instante se apareció una señora que me dijo “no puede pasar, por favor vaya a su asiento, está a punto de comenzar”. Sin quitarte la vista, y señalándote le dije “Soy su mamá“. Volteó a verte, me regresó la mirada, y con una enorme sonrisa me dijo “Felicidades, pase”. Caminé hacia ti y te tomé el hombro por sorpresa. Al verme abriste los ojos como cuando tenías 3 añitos. “Estoy nervioso”. “Vas a estar bien, te ves muy bien, te sabes tu discurso y estoy sumamente orgullosa de ti.” Te abracé mientras escuché, “Gracias mamá, te quiero”.

Hace 2 días, a tus 30 años, estuvimos sentados en el cuarto del hospital, agarrados de la mano, mientras vimos a la enfermera entrar cargando a tu bebé. Tu primer hijo. Mientras se me inundaron los ojos de lágrimas traicioneras por tanta emoción, me volteaste a ver, y con una mirada llena de amor, dijiste, “Señorita, déselo a cargar primero a su abuela, que ha sido la mamá más presente del mundo. Que conozca mi bebé a la mujer que me hizo el hombre que soy. La mujer que siempre estuvo y estará allí para mí.” Con una sonrisa enorme, y recordando lo que sentí por primera vez que me convertí en mamá hace 30 años, contesté, “Sí, yo soy su mamá… y su abuela. La más afortunada del mundo”.

Días Infelices

Hay días que sientes como se te oxida la sangre. La piel cambia de color, te absorbe la palidez y la falta de aliento. El corazón tratando de sobrevivir busca excusas para mantenerse entretenido, alerta, brincando. No hace falta seguirse drogando para pretender no ver y no sentir. No hace falta seguir tomando, leyendo, escribiendo, pintando, corriendo. Es evidente que algo se está muriendo dentro de las mil paredes que cubren tu alma. Ningún órgano convence al otro para seguir adelante. Las piernas no buscan escapar ni los brazos abrazar. Qué más da tanto sol, tanta luz, si lo que buscas es esa obscuridad, esa pequeña gran muerte que trae la noche. Hay días que te empapa la duda de seguir. La incertidumbre de ese camino supuestamente preparado para ti. ¿Dónde está? ¿Dónde queda la fe? ¿La esperanza? Y mientras dialogas con tu patética existencia y las sábanas que te esconden ligeramente, empieza a derramarse la soledad por tus ojos. Inevitable. Incontrolable. Espontáneo y totalmente lógico. Hay límites para el dolor. No todo puede quedarse en la garganta. No todo puede mantenerse dentro del ligero gran dolor de cabeza que está ahí, presente las 24 horas. Giras a la derecha, a la izquierda. ¿Dónde te perdiste? ¿Dónde quedó la alegre infancia? Ya no eres la misma. Ya no hay rastros de la ingenuidad. De las fantasías y la posible capacidad de ser feliz. Eres eso, infeliz.

Es que hay días que sientes como se te oxida la sangre. La piel cambia da color, el corazón duda si seguir trabajando, la garganta se te cierra, los ojos se te inundan, el cuerpo se paraliza, la mente se pierde y sientes una inmensa y absoluta soledad. Inmensa y absoluta infelicidad.

Cuando Duele El Corazón

Hay dolores que realmente se sienten en el corazón. En ese lugar utópico que carga todas las emociones de nuestras vidas. Ese lugar específico, un músculo que se encoge cuando algo muere en ti. Cuando hay una nueva decepción. Una lección aprendida que no querías vivir. Son pequeños balazos al cuerpo que duelen al mismo tiempo que nuestra mente. Se juntan, se dan la mano primero, luego se abrazan, y al apretarse se dispara un gemido que a veces viene acompañado de una que otra lágrimas. Así cuando realmente duele el corazón; es que no es un mito, yo lo he vivido, un millón de veces. 

Perdida En Mi Presente

Esta mañana llegó un señor a entrevistarme. La confianza y familiaridad con la que entró a la casa y se sentó junto a mí me desconcertó. ¿Cómo te sientes hoy?, dijo mientras me daba un beso en la mano. Estaba segura que era otro de esos reporteros melosos que ahora acostumbran venir a diario a cuestionarme sobre mi vida. A veces son mujeres, a veces hombres. Unos vienen acompañados de adultos igualmente sociables, y otros con niños. Me pregunto si pensarán que mi casa es un museo o un lugar público. Su actitud me incomodó, ¿quién le dio permiso de hablarme así? Nadie me saludaba con un beso. “Qué atrevido, ¿será de otro país tal vez?”, pensé.

La mayoría de las veces estoy lista para recibirlos. Mi secretaria me ayuda a escoger el mejor atuendo para el día, un peinado elegante y la joyería pertinente para el momento. Es cierto que tengo mala memoria últimamente, es por eso que siempre tengo junto un cuaderno donde apuntó ciertas cosas. Lo peor es cuando no recuerdo por qué apunté lo que leo. El hilo del pensamiento se me corta y dejó la hoja así, inconclusa como mi mente vieja.

El caso es que hoy fue diferente. Cuando lo vi entrar me dije, “qué hombre tan apuesto”. Reacción inapropiada para una mujer de mi edad, aún a pesar de que fue sin malicia y sin rastro de atracción sexual. Simplemente, me pareció una persona agradable. Diferente. Incluso sentí que ya lo conocía de algún lado. Mientras caminaba hacia mí, me fijé que su pelo era canoso como el de mi esposo, que en paz descanse. Tan blanco y a la vez tan brilloso. Siempre fue un hombre muy guapo, incluso con tantas canas. Así era este reportero que se acercaba a mí. Algo de él me recordaba a mi marido. Algo…

Traía de la mano a una hermosa niña chiquita con cara pecosa y mirada penosa. Abrazaba un oso de peluche similar al que yo guardo como recuerdo de mi madre. Años y años de experiencias compartidas con ese acompañante de mi vida. Mi lado infantil siempre está latente, supongo. Me pareció tan vulnerable y a la vez tan preciosa que incluso antes de que se me acercara, le pregunté “hola pequeña, ¿cómo te llamas?”. Rápidamente subió la mirada para ver al señor que venía con ella. Volvió a mirarme y con un gesto incluso de decepción, contestó “Gabriela”. Me sorprendí enormemente. Me emocioné. “Ese es mi nombre…”, le contesté rápidamente. Ella levantó su carita y suspiró con una sonrisa. Sus ojos eran azules, parecidos a los míos también. “¡Qué extraño!”, pensé, entre el nombre, la mirada, el oso y las pecas, se parece mucho a mí cuando era niña.

En fin, recordé que era hora de ponerse seria porque empezaría la entrevista del día. “Sandra, ven por favor. Ofrécele algo a este señor y a la niña”, le pedí a mi asistente, “acércales unas sillas porque vienen a entrevistarme”. La realidad es que había escrito muchos libros en mi vida y todos los recordaba perfectamente bien. Cada título, cada historia, cada sentimiento detrás de esas palabras que quedaron impregnadas en el papel. Muchos de ellos fueron éxitos importantes. A veces tuve que viajar a presentarlos en otros países y me llenaba de orgullo haber logrado cumplir con el sueño de mi vida… ser una escritora. Dejar huella en la gente que me leía y se tomaba el tiempo de degustar mis relatos. Ahora, ya entrada en años, me hablaban a diario reporteros y venían personas que me admiraban y querían conocerme.

“¿Y de qué libro quiere hablar hoy, señor?”, le pregunté, mientras se acomodaba en la silla. “Qué tal si me platica mejor sobre sus hijos”, contestó. Me pareció extraña la pregunta. Pensé que debía ser un hombre muy inexperto y mal informado. “Yo creo que usted cometió un error y no soy la persona que deseaba entrevistar porque yo no tengo hijos. Estuve casada por muchos años y hace poco falleció mi marido. De él, si quiere, podemos hablar. Puedo decirle que fue el amor de mi vida. Tuve suerte en tener un compañero tan maravilloso siempre cerca de mí.” Mi respuesta lo perturbó pero no lo vi molesto. “¿Entonces platíqueme de..”, agregó, intentando terminar la frase antes de que la chiquilla lo interrumpiera… “Platícame de cuando eras chiquita”, me dijo con una voz dulce y encantadora. Una parte de mí tuvo ganas de levantarla, abrazarla y sentarla en mis piernas. Obviamente me contuve.

“De mi infancia puedo decirte que fue perfecta. Tengo puros recuerdos bonitos. Y fíjate que te puedo contar algo que te va a interesar mucho. Yo siempre he tenido un osito como el tuyo que ha sido mi mejor amigo.” Al decir eso, ella presionó más fuerte su peluche y sonrió. “Ahora te lo voy a enseñar, es igualito. Cuando me daba miedo en la noche, mi mamá me recordaba que mi oso me acompañaba para cuidarme y nunca sentirme sola. ¿A ti te da miedo la noche?”. Ella de nuevo volteó a ver al señor con carita de tristeza. Tal vez algo dije fuera de lugar. “Abuelo…” le dijo. En ese momento entendí que era su nieta. ¡Qué lindo! Tan afortunado.

También te platico que siempre jugaba a ser mamá con mis muñecas. Tenía montones y montones. Lo que yo más quería en el mundo era tener muchos hijos”. La garganta se me cerró al decir eso. “Pero pequeña, finalmente la vida no me dio lo que yo más deseaba. Y recuerdo aquellos tiempos de mi infancia donde era feliz jugando, sin saber que así sería mi futuro. Hoy viviría muy feliz si estuviera rodeada de una familia grande. De hijos, hijas, nietos y bisnietos. Sé que hubiera sido una buena madre, presente. Me duele pensar que no me tocó vivir eso. Que es cierto que transcurren los años, y dejas los momentos pasar. Pensé que no importaba mi edad y luego supongo que ya fue demasiado tarde para embarazar. Hoy me siento tan sola.” Tuve que parar de hablar de eso. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Es que desde que había muerto mi esposo me sentía muy deprimida. Estas entrevistas me entretenían pero me quedaba muy vacía cuando se iban. Aunque tenía que aceptar que hoy era diferente. Por alguna extraña razón está niña se estaba robando mi corazón. Me sentía cerca de ella, y de su abuelo.

“Me da mucha pena, pero no me siento bien. Les importaría si continuamos esta entrevista otro día.” Sé que fui grosera al decirlo pero realmente necesitaba irme a mi cuarto. De pronto me dieron muchas ganas de llorar y no quería que ellos lo notarán. Siempre había sido una mujer fuerte y así tenía que seguir. La vejez era dura, pero no iba a dejar que me venciera. Ni eso, ni la soledad. Seguiría tratando de escribir, de transmitir mis sentimientos aunque nadie los leyera. “Claro, nos vamos. Descansa y estaremos de regreso pronto”, me dijo el señor mientras se acercaba y me regalaba otro beso. Esta vez la niña, un poco temblorosa, me tomó también la mano y me la puso sobre su osito. “Mira, somos iguales. No se te olvide”, me dijo. Me dejó congelada de pies a cabeza. Es que sí sentía que éramos iguales. Parecía un reflejo mío. Le tomé los cachetitos con mis manos arrugadas y frías para acercarla y besarle la frente. Entonces me levanté, y caminando lentamente me fui a mi habitación. Asumí que ellos ya sabían cómo salir de mi casa. Era demasiado para mí.

Hoy fue diferente, y lo digo con los ojos llenos de lágrimas y el corazón encogido y adolorido de confusión y angustia. Unos minutos después de que me recostara en mi cama a descansar, llegó mi asistente. “Señora, le dejaron esta nota las personas que vinieron hoy. La niña me pidió que se la de personalmente”. Estiré mi brazo lentamente. Con la mano dudosa, tomé el papel que se veía que estaba recortado de mi cuaderno de anotaciones. Dentro de esos renglones azules estaba escrito con una letra que mi cuerpo reconocía:

“Mamá, vinimos tu nieta y yo a visitarte. Sé que no sabes quiénes somos porque tu mente no te lo permite. Solo quiero pedirte que no te sientas triste pensando que tus sueños de niña de ser madre no se hicieron realidad. No es cierto. Tu enfermedad no te deja recordarnos, pero tienes 3 hijos hombres y dos mujeres. Tu casa siempre ha estado llena con nosotros y tus 13 nietos. Los que venimos a diario, no somos reporteros, somos las personas que más te amamos en el mundo. Has sido la mejor madre y abuela. Todos los días me despierto pensando todo lo que pude haberte dicho cuando todavía sabías quién era. Cuántas oportunidades me perdí en la vida ignorando la mamá que tenía. Hoy te veo a los ojos, y eres la misma, aunque tú no lo sepas. Eres la que me enseñó a hablar, a caminar, a ir a la escuela y salir adelante. La que me apoyó en cada proyecto. La que me motivó a ser un gran padre. Me duele verte lejos estando cerca. Me duele no poderte abrazar libremente y transmitirte lo orgulloso que estoy de ti. Pasaron los años sin que yo supiera que te perdería así. Pero aquí estoy, y nunca me alejaré. Por cierto, el oso que hoy viste en manos de Gabriela se lo regalaste tú cuando nació por lo emocionada que estabas de que llevaba tu nombre. Es la nieta que más se parece a ti. Regresamos mañana, prepárate para recibirnos. Te amamos. Tu hijo.”

Llegó Por Mí Antes De Tiempo

Salí de su cuarto con mucho dolor de cabeza. Como siempre, esperé un ratito hasta oírlo respirar profundo sobre mi pecho. Era delicioso ver cómo su cara se iba relajando, sus ojitos dejaban de moverse y su boca se enchuecaba creando un corazón en sus labios. Empezaba a soñar y entonces sabía que ya lo podía acostar en su cuna calientito y sin riesgo de que despertara. A las niñas las durmió su papá esa noche. Era un día normal, igual a todos. Rutinas, carreras, regaños, sonrisas, abrazos…

Cuando crucé el pasillo para entrar a mi cuarto, volteé a mi derecha y la vi. Muy elegante, sonriendo pero seria a la vez. Impecable. Nunca pensé que iba a llegar tan temprano por mí. No avisó. Ni siquiera sospeché que tenía que apurarme, disfrutar más, empacar, organizar y dejar todo listo para irme antes de tiempo. Sí, llevaba meses así, pero nunca pensé que se estaba acelerando tanto.  La vi fijamente a los ojos y le dije que me esperara un poco más, que no estaba lista. Quise reclamarle pero sabía que con ella no se podía jugar a eso. No se podía negociar. Bajé la cara, tragué la enorme ansiedad que me invadía el cuerpo, y avance hacia mi cuarto.

Todo lo vi diferente. No porque hubiera cambiado, sino porque ya no lo vería. Estaba mi cama, en la que había pasado tantas horas dormida regalándole mi vida al tiempo. Mi almohada, cómplice de muchos sueños, terrores y travesuras. Mi buró con esas chucherías que nunca da tiempo ni ganas de tirar. Los múltiples cables, las fotos de sonrisas impresas en papel, una de las tantas mamilas del bebé, vitaminas, medicinas, medicinas y medicinas. Años de estar batallando con este insoportable dolor de cabeza que normalmente era una migraña; hoy ya no.

Estaba también el libro fascinante que no lograba terminar por el cansancio que me fundía en las noches. Quería aprender un poco más de todo. Del mundo, de la mente humana, de la infancia, de Osho, la sexualidad… Quería, y quería, y al final solo acumulaba libros con páginas dobladas e inconclusas. Hoy ¿qué libro me llevaré a este viaje?, pensé. Este viaje…

Lo vi a él, a mi esposo, acostado ahí, en su lado de la cama que era siempre más frío que el mío. Pasé frente a él rompiendo el aire entre la televisión y su celular. No me vio. Mejor. Pero tuve que parar para observarlo. Lo iba a extrañar. Habían un millón de diálogos pasando por mi mente. Recuerdos de todo tipo, buenos, malos. Aquellos inicios donde ni siquiera nos conocíamos. Él nacimiento de mis hijos. Los días perdidos en pleitos y los ganados a carcajadas. Todo ya no era ni presente ni futuro, puro pasado.

Entré a mi clóset. ¿Qué me llevaré?, pensé de nuevo. De las preguntas más raras. Nunca me había gustado empacar. Tanto que organizar. La ropa de la mañana, de la tarde, de la noche. Las medicinas, otra vez. Los calzones, contados. Los calcetines, brasieres, bufandas, lentes, sombrero. ¿Joyas? Esta vez no necesitaría nada de eso. Esta vez me tocaba empacar, solamente, lo que veía en el espejo. Entonces me paré ahí, a observarme. A recordar mi infancia, mis pedazos de vida, mi rompecabezas. Me paré ahí, a verme llorar con este insoportable dolor. A desahogarme. Me seguía viendo joven a mis 35 años. Una que otra cana, una que otra arruga. Me solté el pelo, sacudí mi cabeza, y traté de embellecer un poco ese reflejo pálido. Llevaba meses sin arreglarme. Meses sin querer salir, sin poder salir. No tenía fuerzas y los dolores eran cada vez más fuertes. Aún así me veía bien, sexy tal vez. ¿Por qué nunca me sentí bonita? ¿Por qué nunca me sentí con ganas de presumir mi belleza? ¿Por qué llegaba hasta ahora esa necesidad de enamorarme de mí misma?

Saqué mis pinturas, las pocas que tenía. Entre lágrimas y sabiendo que me seguía esperando esa señora aterradora en la sala de mi casa, me puse a jugar con mi piel. Última vez que me maquillaría. Obscurecí el tono con la base del maquillaje y ahora parecía algo bronceada. Había pasado mucho tiempo de no verme así. Por si el cáncer, por si las manchas, por si las arrugas; el sol estaba vetado. Saqué el rímel, el delineador, las chapas, las sombras y las múltiples brochas necesarias para completar esta última obra de arte. Entre líneas chuecas y escurridas por mis lágrimas, agarré el labial rojo, el que nunca usaba y marqué mis labios. Gruesos, delineados, rotos y caducados. “Obra terminada”, pensé. ¡Qué estupidez! No parecía yo. No parecía esa niña que se hizo mujer sin tener que cubrirse de colores y falsos gestos todos los días. Eso nunca me importó. Nunca me definió como persona.

Miré mi cuerpo ahora. El espejo completo temblaba conmigo. Ya no me vería mojada, ejercitada, cansada o enferma. Ya no sería testigo de mis bailes, mis disfraces, mis vestidos elegantes, ni mis atuendos hippies. ¿Me extrañará? Al final ya no me veía tanto, pero me vio. Algo sí, unos años. Unos días. Unas horas. “Adiós”, dije en fuerte.

“Córrele, que te esperan”, pensé. Entonces salí, así, pintarrajeada y manchada hasta el cuello. Como una niña de 4 años jugando a ser una princesa. Una princesa rota. Me acerqué a mi esposo pero seguía sin verme. Entonces me senté a su lado, en ese pedacito de cama desocupado. Al voltear no supo cómo reaccionar. “¿Qué haces? ¿Por qué te pintaste? ¿Por qué lloras?”. No podía hablar. Tenía la garganta cerrada, seca y mi mente al borde de explotar. Lo abrace fuerte. Tratando de transmitirle todo lo que no podía decir en palabras. Tratando de dejarle mi manual de vida. Mis deseos para mis hijos. Los pendientes de la escuela. Los sueños que les tenía programados. Mis fantasías, mis miedos, mis recuerdos. Mis secretos. Todo.

“Me voy”, le dije. “Y necesito que sepas que te amo. A ti, y a mis hijos. Que no hay nada en la vida que me haga sentir más orgullosa que ser tu esposa y su mamá”. Se asustó, se preocupó, se alteró. “¿Te vas a dónde mi amor…?, ¿qué te pasa?.” Entonces lo tomé de la mano y le pedí que me acompañara. Dejó su celular, hizo a un lado las sábanas y salió de la cama. Viéndome fijamente a los ojos, caminó conmigo hasta el pasillo. “¿Te duele la cabeza?”, me preguntó. “Demasiado, pero esta vez es diferente”, contesté.

Ella estaba ahí, parada. Ya llevaba mucho esperándome y supongo que estaba dispuesta a ir por mí hasta mi cuarto si era necesario. Seguía seria. Seguía obscura. Mi esposo la vio y en ese instante comenzó a llorar. A temblar. Estar cogido de mi mano le daba el poder de ver lo que yo veía. Entonces comprendió todo. Comprendió que ya no había un mañana. Ya no habían segundas oportunidades. Que ya no había nada que él pudiera hacer para impedirlo. Esta vez mi dolor no era superficial. Ni más medicinas, ni más doctores, ni más hospitales curarían lo que estaba pasando en mi cabeza. Trató de hablar, y le tapé la boca con la mano con mucho amor, porque sabía que sus palabras eran innecesarias. Insuficientes. Insoportables también. Porque ya era demasiado lo que yo sentía por tener que irme.

Lo abracé fuerte otra vez.

-“Cuida a mis hijos. Todos los días diles cuánto los amé. Cuánto los quise desde el momento en que nacieron. Cuéntales como me brillaron los ojos cuando los escuché decirme “mamá” por primera vez. Pídeles perdón de mi parte por si alguna vez los lastimé. Diles que los estaré viendo todo el tiempo. Haz de ellos personas sensibles, buenas, altruistas. Enséñales a amar, sobre todas las cosas. Ayúdalos a extrañarme sin dolor. Ayúdalos a vivir felices.”

-“Claro, siempre lo haré. Has sido una gran mujer, una gran esposa, una gran mamá. Vete tranquila, nadie lo hubiera hecho mejor que tú. Dejas huella en todos los que te conocimos. Vete segura de que te he amado enormemente desde el primer día que te conocí.”

Lloré, mucho. Pero lo solté. Nos soltamos. Pedí un minuto más y fui a darle un beso a mis hijos. A esas caritas de amor que seguían dormidas sin sospechar que mamá se iría para siempre. Que al despertar sus vidas habrían cambiado. Que mis abrazos ya no estarían disponibles a la orilla de sus camas. Les dejé una lágrima a cada uno sobre su cachete esperando que algo de mí se quedara en ellos. Esperando que no me olvidaran nunca. Tratando de oler intensamente a cada uno para llevarme ese delicioso aroma que los definía. Pensé cuántas cosas me perderé de hacerles, de festejarles. Todo lo que no los vería lograr en la vida. Me dolía recordar los regaños que les di algún día perdiendo la paciencia… ya no podría disculparme nunca. Se me habían acabado los minutos para jugar a las princesas y a los sapos. Se me había acabado el tiempo para decirles que los amaba de todas las maneras posibles.

Cerré la puerta, me acerqué a mi esposo y le di un beso fuerte en sus labios mojados de dolor. “Te amo… Adiós”.

Me volteé sin mirar atrás. La tomé de la mano, a ella, mi nueva compañera. La que llegó temprano. La que me arrancó de la vida. Sentí su piel fría, helada. Di unos pasos más dándome cuenta que perdía las fuerzas. Entonces paré, mi dolor ya era insoportable. La vi fijamente a los ojos, cerré los míos para siempre y lentamente me derrumbé al piso junto a ella, La Muerte.