Días Infelices

Hay días que sientes como se te oxida la sangre. La piel cambia de color, te absorbe la palidez y la falta de aliento. El corazón tratando de sobrevivir busca excusas para mantenerse entretenido, alerta, brincando. No hace falta seguirse drogando para pretender no ver y no sentir. No hace falta seguir tomando, leyendo, escribiendo, pintando, corriendo. Es evidente que algo se está muriendo dentro de las mil paredes que cubren tu alma. Ningún órgano convence al otro para seguir adelante. Las piernas no buscan escapar ni los brazos abrazar. Qué más da tanto sol, tanta luz, si lo que buscas es esa obscuridad, esa pequeña gran muerte que trae la noche. Hay días que te empapa la duda de seguir. La incertidumbre de ese camino supuestamente preparado para ti. ¿Dónde está? ¿Dónde queda la fe? ¿La esperanza? Y mientras dialogas con tu patética existencia y las sábanas que te esconden ligeramente, empieza a derramarse la soledad por tus ojos. Inevitable. Incontrolable. Espontáneo y totalmente lógico. Hay límites para el dolor. No todo puede quedarse en la garganta. No todo puede mantenerse dentro del ligero gran dolor de cabeza que está ahí, presente las 24 horas. Giras a la derecha, a la izquierda. ¿Dónde te perdiste? ¿Dónde quedó la alegre infancia? Ya no eres la misma. Ya no hay rastros de la ingenuidad. De las fantasías y la posible capacidad de ser feliz. Eres eso, infeliz.

Es que hay días que sientes como se te oxida la sangre. La piel cambia da color, el corazón duda si seguir trabajando, la garganta se te cierra, los ojos se te inundan, el cuerpo se paraliza, la mente se pierde y sientes una inmensa y absoluta soledad. Inmensa y absoluta infelicidad.

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